Publicaciones‎ > ‎

Jesús Caído (J. Camúñez Ruiz)

Juan Camúñez Ruiz, prestigioso abogado, grandísimo aficionado a la Fiesta Nacional y fértil escritor que en su juventud colaboró como locutor en Radio Juventud de Osuna, fue el primer pregonero de la Semana Santa de nuestra Villa Ducal tras la recuperación del acto en 1983. Nacido en Osuna, presumió abiertamente siempre y en todo momento de sus raíces. Juan tuvo como grandes devociones a nuestros sagrados titulares, el Señor de la Caída y su Madre Dolorosa. Así lo exaltó en un precioso artículo publicado en Arcadio, una revista de efímera vida que un grupo de universitarios de Osuna lanzó en los años 50 del pasado siglo. Falleció en Sevilla el 17 de enero de 2012, a los 79 años. Como sencillo homenaje a su imperecedera memoria, nos honramos en reproducir el texto que sigue, con el que abrimos la galería de artículos relacionados con nuestra Hermandad.





Jesús Caído

 De todas, la de Jesús Caído. Si me preguntan en qué Hermandad de Osuna están mis mayores devociones, respondo que, de todas, en la de Jesús Caído.

            Mis impresiones más lejanas de la Semana santa de mi pueblo viven asociadas a esta cofradía. Cuando yo empezaba a asomarme a la claridad de la razón, cuando empezaba a vislumbrar algo de esta verdad augusta, de este misterio inextricable, de la redención por la sangre divina, creo que comprendía lo que comprendía a través de esta figura del Redentor en el suelo, amarrado a la columna del amor infinito.

            La Semana Santa de Osuna se iniciaba siempre con su presencia en las calles. Antes de que la reorganización de la Misericordia cuajase en la brillante realidad actual, y pusiera brillos de auténtica misericordia en la noche ancha y silenciosa del Miércoles Santo, el cielo cofradiero de Osuna se abría a la salida de Jesús Caído. Allí, en la tarde llorosa y con los primeros ribetes de luto del Jueves Santo, empezaba la Semana Mayor de mi pueblo. Nunca quise faltar a la plaza de la Merced en ese momento. Gustaba de ir solo, sin compañía de nadie que pudiera distraer el discurso íntimo de mis sentimientos. La gente, no mucha, que acudía no contaba para mí. Yo estaba solo con mi soledad, más penitente que nunca; solo, frente al Cristo que salía a la calle, adorable en el patetismo y el desconsuelo de su expresivo rostro de dolor. Los compases del Himno Nacional en aquellos instantes eran para mí como el toque de atención que avisaba frente a la puerta del templo mercedario, cerca del antiguo “colegio de don Jaime”. En mi mente de niño se dibujaban claras las dimensiones del tremendo drama del Calvario. Aquel era su primer acto: Jesús Caído. En el suelo, atado a la columna, flagelado. Así pusieron los pecados de los hombres al Hijo del Hombre. Y entonces yo me arrepentía de los míos, y mi alma lloraba por dentro lo que los ojos nunca supieron llorar por fuera.

            A Jesús Caído le seguía su Madre Dolorosa. Es posible que si el cristiano meditara con detenimiento, con cuidado, con verdaderos deseos de meditar, en el desgarrador cuadro de esta Madre siguiendo a este Hijo por los caminos del dolor infinito, el mundo fuera mejor. Así lo pensaba yo, haciendo equilibrios sobre mi mentalidad aún infantil, cuando presenciaba el desfile procesional de estas imágenes. Yo las seguía en todo su itinerario, en secreta y auténtica penitencia.

            Cuando el día cerraba los ojos y se quedaba sola la noche bajo las estrellas, aún era más angustiosa la presencia de Jesús Caído y su Madre Santísima en las calles. Cuando iniciaba la subida por la calle Alpechín, cruzando los aires dolientes, los acentos hondos de la saeta, mis plegarias calladas de niño querían convertirse en alondras de presa que arrancaran los puñales de aquellos corazones, y Jesús Caído llegaba de nuevo al punto de partida; tras las puertas del templo de la Merced se cerraba el primer acto de la Semana Santa de Osuna. Unas horas después, cuando la noche marchara a la otra orilla, y las últimas estrellas lucieran en lo alto, habría de iniciarse el segundo: Jesús con la Cruz a cuestas.

J. Camúñez Ruiz 

Comments