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Las devotas fiestas en Osuna (Fco. Olid Maysounave, 1953)

Don Francisco Olid Maysounave, catedrático de Historia y director del Instituto de Enseñanza Media “Francisco Rodríguez Marín” casi 4o años, además de abogado, fue hermano mayor de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Misericordia, también conocida como la de Los Estudiantes. Caballero en el más amplio y estricto sentido de la palabra, adornado con un innato señorío y una admirable bondad, dedicó en 1953 un artículo a la Semana Santa de Osuna, su pueblo, que fue publicado en el ABC de Sevilla. Una Semana Santa con un orden y unas localizaciones que varían en relación con las actuales. Don Francisco Olid falleció en abril de 1983, unas semanas después de la celebración de la Semana Santa.





Las devotas fiestas en Osuna

         Las devotas fiestas de la Semana Santa con las que anualmente rememora la Iglesia la sublime entrega del Hijo de Dios por la redención de la Humanidad, glorificando la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, tienen, especialmente en Andalucía, una expresión externa, de carácter popular, de gran belleza, en el devoto desfile por las calles blancas de cal e inundadas de luz o bajo la augusta serenidad de la noche, de las Cofradías de Penitencia.

En este orden, por lo que a Cofradías hace, la Semana Santa de Osuna, pueblo de la ubérrima campiña sevillana, que entre olivos de eterno verdor vive y labora en paz y sosiego, muestra aspectos del mayor interés y momentos de la más pura emoción.

No sólo dan valor a la Semana Santa ursaonense la remota antigüedad de sus Hermandades, el interés artístico de sus imágenes, labradas en los talleres de más rango de la imaginería andaluza y la riqueza ornamental de sus "pasos", sino que la especial topografía de la ciudad, blandamente tendida al pie de una colina, con sus cuestas pinas y enguijarradas que, entre masas de verdor, trepan hasta la cumbre, donde, majestuosa y grave, con empaque de catedral, se yergue la que fuera Insigne Iglesia Colegiata, al prestar al desfile de alguna de sus Cofradías un escenario de rotunda belleza natural, da lugar a momentos en los que con la pura emoción devocional se hermanan las más fuertes emociones estéticas.

Diez Cofradías hacen estación en los días de la Semana Santa y todas ellas rivalizan, con un loable afán de superación, con un explicable deseo de perfeccionamiento, a que, a la mayor gloria de Dios, el desfile procesional ofrezca la mayor brillantez.

En la tarde llena de paz del Domingo de Ramos, cuando aún perdura el eco de los ¡Hosanna! que por la mañana entonó la liturgia de la Iglesia, hace su recorrido saliendo del templo de Santo Domingo la Cofradía del Dulce Nombre de Jesús y Nuestra Señora de los Desamparados. Como escolta de pureza, muchos niños, ufanos de la alta misión que cumplen de acompañar al Dios Infante, forman en la apretada fila de nazarenos.

Ofrece, más tarde, la Semana Santa de Osuna un momento realmente inefable cuando, al quebrarse la medianoche con la última campanada de las doce del Miércoles Santo, sale de la Colegiata la Hermandad del Santísimo Cristo de la Misericordia o Cofradía de los Estudiantes. No se ha extinguido aún el eco de la última campanada de las doce en el reloj de la iglesia de San Carlos, que marca el tránsito del Miércoles al Jueves Santo, cuando la pesada puerta de la Colegiata gira sobre sus goznes. El momento es de sobrecogedora emoción. Un silencio impresionante se hace en la multitud que espera a la puerta del templo y sólo deja oírse el leve rumor del lento caminar de los nazarenos —túnica negra, con alto capuz—, que en larga, interminable fila, preceden al "paso".  Ocupan ya los nazarenos, en alto los cirios de temblorosa luz, bajo las acacias que pugnan por estallar en flores, el paseo del Instituto, está ya bien lejos la Cruz de Guía, cuando en el amplio portalón de la Colegiata se enmarca la Imagen del Señor. La bellísima talla de Juan de Mesa, en severo trono sólo alumbrado por cuatro gruesos hachones, aparece con toda su impresionante grandeza. El momento es único. Lentamente, el cortejo va desfilando, mientras atrás, esfumados sus contornos en la semi oscuridad de la noche primaveral, van quedando las masas ingentes de la Colegiata y de la vieja Universidad de los Girones.

Avanza, llena de unción, la tarde del Jueves Santo, y mientras el pueblo rinde tributo de amor al Santísimo Sacramento visitando los Monumentos, desfilan por las calles de Osuna las Cofradías de Nuestro Padre Jesús Caído y María Santísima de los Dolores, del templo de la Merced, y la de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Paciencia y Nuestra Señora de la Soledad, del convento de Padres Carmelitas. Su recorrido, en la tarde perfumada y tibia del Jueves Santo, que huele a incienso, ofrece la mayor brillantez.

Y amanece el Viernes Santo. Una ingente masa humana se apiña ante el templo parroquial de Nuestra Señora de la Victoria, poniendo livideces en los rostros la indecisa luz de la amanecida. A las seis en punto, un ronco clamor de vítores denuncia la presencia en la puerta del templo de la imagen de Nuestro Padre Jesús Nazareno, que, agobiado bajo el peso de la Cruz, resignado y dulce, se ofrece a la enfervorizada multitud, a la que la emoción del momento preña y encristala de lágrimas los ojos. Tras el "paso", un millar de penitentes, ocultos los rostros bajo el morado antifaz, descalzos unos, de rodillas otros, con pesado madero los más, se agrupan silentes para hacer la estación por el áspero recorrido que conduce a la Colegiata. Instantes después, apenas organizada la impresionante comitiva de penitentes, hace su salida del mismo templo la Cofradía de Nuestra Señora de los Dolores. La débil luz del alba ilumina el rostro sin par de la Dolorosa, singular imagen de José de Mora, en el que la sublime expresión de su dolor sereno, sin muecas ni dramatismos, transe de amor los corazones. Culmina el recorrido de estas Cofradías de la mañana del Viernes cuando, luego de su estación en la Colegiata, emprenden el regreso por la pintoresca cuesta de San Antón, bajo un sol que bruñe los desnudos sillares de las tapias y arranca duros reflejos al verde de las chumberas, que ponen en el paisaje su nota agreste.

Termina la Semana Santa de Osuna con el desfile en la noche plácida, serena y augusta del Viernes Santo, del resto de las Cofradías. Las del Santo Cristo de la Paz y Nuestra Señora del Mayor Dolor, de la parroquia de Consolación; la del Santísimo Cristo de la Vera Cruz y Nuestra Señora de la Esperanza, del templo de San Agustín; la de Nuestra Madre y Señora de Las Angustias, de Santo Domingo, y la solemnísima del Santo Entierro del Señor, de igual templo, ponen fin, con su brillante desfile, en organizada carrera, por las calles ursaonenses, a las devotas fiestas de la Semana Santa, tan pródiga en momentos solemnes.


F. OLID MAYSOUNAVE

(ABC de Sevilla, 29 de marzo 1953)

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