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De cuentas y cabildos

Siguiendo con la mirada puesta en las copias manuscritas de las actas fundacionales, encontramos numerosos textos que cuando se redactaron cumplirían la misión, nada desdeñable, de regular los criterios de actuación y establecer las normas a seguir o, si se permite la expresión, dejar constancia de las reglas del juego. 

Hoy en día, estos documentos nos parecen verdaderos tesoros históricos en sí mismos. Por supuesto, tesoros que hay que cuidar y conservar, pero también permitir que vean la luz para mayor conocimiento de todos los hermanos y devotos. Conservación y difusión como conceptos absolutamente compatibles; pues partimos de la premisa de que lo que no se conoce no se valora.

Dicho esto -de aplicación a todas las publicaciones de esta sección-, vamos a introducir unas líneas que nos permiten seguir vislumbrando algunos elementos de la organización de nuestra Hermandad en sus orígenes, poniéndose de manifiesto que algunas cuestiones han cambiado bastante y otras, muy poco o casi nada.

Los contenidos que pasaremos a transcribir nos retratan una alta disciplina y una concienzuda previsión de todos los procesos internos de la Esclavitud. A pesar de que no se trataba de una Cofradía de gran volumen o dimensión si atendemos al número de hermanos - limitado a un máximo de ciento diez en total-, sorprende la cuidada organización interna y la observancia de una alta jerarquía, envuelta en una esmerada solemnidad, por supuesto al servicio de los fines espirituales de la cofradía y siempre para mayor veneración a la imagen de nuestro divino Pastor Jesús Caído.

En este marco y desde la primorosa simbología y religiosidad de las reglas, se reflejan las claves de las celebraciones de los primeros cabildos de la Hermandad, donde «el Padre Comisario como sacerdote representará a Cristo» y «los doce Apóstoles han de ser los de la junta», aunque de ellos se diferencian «cinco hermanos oficiales» sin los que no sería posible llevar a cabo ninguno de los cabildos. Es decir, se podrían celebrar estos actos siempre de conformidad con los doce Apóstoles que componían la junta o bien con el grupo de los cinco oficiales constituido por «El fundador, el Mayordomo, un Alcalde, el Secretario y un Clavero; y sin estos no se pueda celebrar ningún cabildo; y si lo celebraren en otra conformidad, no sea válido y todos los hermanos deben revocarlo».

No hemos tenido acceso a fuentes documentales que lo corroboren, pero resulta obvio que la figura del Fundador sería de máxima autoridad, admiración y respeto. El granadino don Manuel de Ávalos y Pimentel, ya como Teniente alguacil mayor de la Real Justicia de la Villa Ducal e Intendente General de los Duques, debió ostentar sin duda una alta consideración en su vida civil. Imagínense sumado a ese estatus previo cómo debió impactar en la sociedad ursaonense, al menos en ciertos círculos sociales y religiosos, erigirse en alma mater de una obra de tal envergadura espiritual, generado desde el más pobre y piadoso posicionamiento vital como ser humano. Nada menos que la extraordinaria fundación de una humilde Esclavitud o Hermandad dedicada al Señor de la Caída que perdura hasta nuestros días.  

Las referencias constantes a la figura del Fundador no parecen tener parangón con las estructuras de juntas de gobierno de las hermandades contemporáneas. No debió ser propiamente ningún cargo al uso. Ni un Hermano Mayor, ni siquiera desempeñar una clase de presidencia o gerencia tal como la concebimos en nuestros días. No cabe duda de que el personaje, además de piadoso y fervoroso creyente, hubo ser persona recta y muy influyente en la Villa Ducal y que esta su gran obra lo marcaría para el resto de su vida. Todas estas connotaciones y la escasa información existente –prácticamente la redacción de la Regla de la Esclavitud de su puño y letra-, le confieren un halo de misterio que trasciende hasta nuestros días. No obstante, en esta entrega sólo vamos a reproducir algunas reseñas concretas a competencias asignadas a su figura en capítulos de cuentas y cabildos.

 

 


«Y dadas las dichas cuentas y aprobadas por buenas, el Padre Comisario dará las gracias en nombre de la Hermandad a nuestro Padre Jesús Caído, al Fundador y a todos los demás hermanos del celo, cuidado y solicitud en el cumplimiento de sus obligaciones; y después el Fundador abrazará al Padre Comisario, y los demás hermanos harán lo mismo, según el orden de los asientos en que se hallasen, de superioridad primero y después de inferioridad, y habiendo cumplido con esta ceremonia, todos los Hermanos pedirán al Fundador que descubra al Señor, para rezar el santo rosario en el cual darán gracias a su Majestad los conserve a todos en paz para su santo servicio».

 

«Y en caso de no estar, de cuentas y cabildos para definir los casos y cosas que se ofrecieren, se ha de atender a los votos principales; conviene a saber: el del Padre Comisario y el Fundador. La junta de los doce Apóstoles es de los siguientes hermanos: El Fundador es quien ha de tener el cargo de que la capilla de Nuestro Padre Jesús Caído siempre esté asistida y decente para que tenga la Santa Imagen veneración. Ha de haber dos Alcaldes que tengan obligación de hallarse en los cabildos que se celebraren en la Hermandad, o al menos ha de asistir uno. Ha de haber un Secretario, dos Mayordomos, un Depositario de limosnas de la Hermandad, tres Claveros que tenga cada uno una llave del Arca del depósito; la cual ha de estar en poder del depositario, que queda referido. Ha de haber dos Capacheros, que salgan a pedir por turno para los pobres de solemnidad, y  esta limosna la darán a aquellos pobres que de la Hermandad hubiere enfermos y si no los hubiere pobres vergonzantes o impedidos llegando a sus casas y  dando la limosna por sus manos y con todo secreto, para que se hagan esta limosna sin que genere vanidad».   


J.C.M. 25/07/2020

 

 

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