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El cambio de capilla tras la ocupación francesa

En este desventurado año 2020 que expira, marcado inexorablemente por la dramática incidencia de la pandemia originada por el terrible coronavirus o covid-19, se han cumplido 210 años de la aciaga invasión francesa en nuestra Villa Ducal. La entrada de tropas francesas en Osuna se produjo exactamente el 28 de enero de 1810, permaneciendo en la localidad hasta el 30 de agosto de 1812, «a donde no han vuelto ni permita Dios vuelvan jamás» [1]

 

La posesión de la Villa

Tras una primera internada, el segundo y definitivo emplazamiento de tropas napoleónicas en Osuna, que hubo de ser reforzado con batallones procedentes de Écija, tuvo lugar el 12 de febrero de 1810, haciéndose con el total control de la localidad [2].

«La llegada de los soldados implicó que las nuevas autoridades militares procuraran conseguir y alentar el orden dentro de la población, para lo cual establecieron el toque de queda durante las noches…»

La ocupación de la Villa y el dominio sobre la población era absoluto, pero no todos aceptaron por igual a las nuevas autoridades [3]:

«… fue desde este día cuando las corporaciones y órdenes sociales ursaonenses debieron jurar fidelidad a José I, aunque el marqués de Casa-Tamayo lo hizo el 11 de agosto y el conde de Puerto-Hermoso cinco días después. Incluso hubo quien se negó a ello, como el presbítero Domingo Bergé, que afirmó preferir morir antes que cometer infidelidad contra Fernando VII (…) ».

El clero estuvo entre los mayores oposicionistas al nuevo gobierno josefino, no en vano se cernían negros augurios sobre las órdenes religiosas, resultando gravemente perjudicadas [4]:

«Un ejemplo de la desafección que mostró el clero lo encontramos en Manuel María Labrador, teniente cura de la Colegiata. Sus ideas antifrancesas llegaban a tal extremo que no dudó en pregonarlas públicamente, tal conducta provocó que las autoridades francesas lo tomaran por loco, pero su actitud no cambió, por lo que tuvo que soportar el saqueo de su casa, ser encarcelado e incluso ser condenado a muerte y sufrir heridas de balas y de bayonetas, de las cuales solo consiguió reponerse tras tres meses de reposo».

 

La afectación en la Orden mercedaria

Es sabido que la Orden de la Merced, promovida y patrocinada por el Ducado de Osuna, padeció directamente las consecuencias de esta invasión, pues tanto los padres reverendos como las madres mercedarias descalzas hubieron de desalojar sus conventos, siendo destinados ambos edificios a una función hospitalaria y militar.

Aunque la iglesia colegial sería «la institución que más negativamente sufrió la presencia napoleónica»[5], también debió dejar un malhadado rastro de deterioro en los cenobios mercedarios ocupados, más aún teniendo en cuenta su proximidad a distintos escenarios bélicos entre tropas francesas y españolas, especialmente la del monasterio de las descalzas, pues «la prominencia del copete ofrecía posibilidades defensivas que no pasaron desapercibidas para el ejército imperial, lo que motivó la elaboración de un proyecto para construir un fuerte para la guarnición gala en la predominante plataforma, que incluía el edificio de la Colegiata, el de la Universidad y el convento de la Encarnación» [6].

 




El monasterio de la Encarnación

Con la primera entrada de los militares franceses, las hermanas descalzas tuvieron un amago de salida del cenobio, reconducido una vez calmados los temores iniciales por la presencia extranjera. Fueron ocho los días -del 29 de enero al 6 de febrero- que, con la aquiescencia del Padre Comendador, las mercedarias se repartieron en casas de seglares «poseídos todos del terror y miedo de lo que pudiera suceder» [7].

Como muestra de la atribulación sufrida en aquellos aciagos días, mostramos este impactante episodio que relata Sor Juana Josefa de la Santísima Trinidad, por entonces madre comendadora [8]:

«… volvimos a serenarnos hasta el día 25 de julio del mismo año que volvió a entrar la misma tropa y nosotras a experimentar los efectos de la guerra, en tanto extremo que cayó una granada en uno de nuestros graneros pero con tanta misericordia que no hizo el menor daño ni lo experimentamos jamás, solo la escasez de víveres que por estar los enemigos fortificados en estos altos y nadie querer venir al convento ».

 



Tan sólo unos días después, el 2 de agosto de 1812, se produjo el traslado de la comunidad descalza al convento de las madres dominicas de Santa Catalina, siguiendo las indicaciones de las autoridades locales, eclesiásticas y seglares [9].

«…acompañadas de todos los Señores eclesiásticos y seculares con el Señor Vicario eclesiástico y juez secular que nos condujeron con el mayor decoro, al referido convento de las Reverendas Dominicas, las que nos recibieron con la mayor caridad…»

 

Al cabo de unos meses de convivencia con sus homólogas dominicas, el retorno de las mercedarias a su sede canónica se verificó el 1 de noviembre de 1812, tras la desocupación napoleónica del monasterio de la Encarnación y adecentamiento del cenobio [10]. 

«…se determinó nuestra traslación (…) con igual acompañamiento que cuando salimos con la misma asistencia del señor vicario eclesiástico que lo era el señor D. Francisco Aguilar y la del P. Comendador de nuestro Convento de la Merced Descalza que lo era Fr. Andrés de San Cristóbal, que se hallaba ya en esta villa no se explicara el júbilo de todo el pueblo que nos acompañaba con repique general de campanas y repetidos vivas…»

 


En torno al convento de la Merced

Los agitados tiempos acarrearon pésimas noticias para todas las órdenes religiosas masculinas de Osuna. Los reverendos mercedarios no iban a ser una excepción a la funesta presencia de la ocupación bonapartista y a las consecuencias de la desamortización política.

En 1811 fueron enajenadas y subastadas diversas propiedades de la Orden descalza [11]

«Convento de la Merced. De este se subastaron ocho fincas, correspondientes a dos molinos harineros en Gilena, una mata de olivar en Capaparda, el colegio de la Gama en la Zorita, dos casas en la calle Caldenegro y Migolla, un corralillo en la calla Antequera, y un corral con jardín junto al convento».

 

En aquel tiempo, otra epidemia llamada «fiebre amarilla», provocó que a finales de 1810 y comienzos de 1811 se tomaran medidas preventivas contra la enfermedad, que afortunadamente no tuvo incidencia de pacientes, pero sí efectos colaterales perjudiciales sobre las costumbres de la población [12]:

«… Osuna no se vio salpicada por la epidemia y su vida cotidiana no se vio alterada por lo que fue la enfermedad en sí, más bien lo fue por las disposiciones preventivas que se tomaron, pues dada la lejanía de los puntos más afectados (Murcia, Cartagena, Lorca, etc.) podemos pensar que no existió un solo caso de esta fiebre»

 

Una de las medidas que causaron mayor revuelo afectaba a los enterramientos, pues se instaba a que se realizaran fuera del casco urbano, precaución que tuvo mayor repercusión en las capas más cercanas al clero, con incidencia directa en el convento mercedario [13]:

«… algo que chocaba con el deseo de los ursaonenses de seguir enterrando a sus fallecidos en los cementerios habituales, es decir, dentro de los conventos de la Merced y del Carmen, aunque a veces los más pobres eran conducidos hasta un pequeño campo santo colindante con la Colegiata».





Durante la ocupación francesa no se prohibieron las celebraciones religiosas, ni falta que hizo. El cierre de los conventos y la consiguiente exclaustración de los frailes, las zanjaron de raíz [14]:

«El cierre de los conventos en Osuna conllevó la pérdida de las celebraciones religiosas que dependían de ellos. Esto fue lo que ocurrió cuando el convento de Santo Domingo fue clausurado y con las festividades que dependían de él, concretamente con las de San Sebastián y la Virgen del Rosario; por otra parte, el cierre del convento de Consolación puso punto final a las funciones realizadas en el día de San Roque».

 

 

La Hermandad de Jesús Caído y Ánimas

Sobre cultos, estaciones de penitencia y estado de supervivencia de las hermandades penitenciales de Osuna en aquellos años no hemos encontrado eco documental. La ocupación militar de los espacios conventuales y los altos impuestos exigidos al clero, invitaban a un obligado paréntesis en toda actividad cofradiera de la Villa. 

Tan sólo unos años antes, los comienzos de la centuria decimonónica trajeron a la Esclavitud de Jesús Caído las agregaciones de cofradías de Ánimas y, con ellas, la incorporación de sus excepcionales bulas y concesiones papales que incrementarían el rico patrimonio devocional de la hermandad, en un tiempo de esplendor frente a los espinosos acontecimientos que estarían por venir en la primera mitad del siglo XIX.

Desconocemos si existen descripciones concretas de cuáles fueron los diferentes usos que hicieron las tropas francesas de las distintas instalaciones y dependencias del convento y de la iglesia de la Merced, o si se recogieron actas del estado de las mismas tras su marcha. Es sabido que ocuparon el convento como hospital pero, ¿se utilizó también la iglesia y alguna de sus capillas, o se respetaron los espacios de culto?

Aunque la hermandad poseía una capilla en propiedad desde 1760, año en que se formalizó la generosa donación de la «capilla de la Santa Cruz» por doña Engracia de la Pera, hemos accedido a un asombroso documento donde se constata que, tan solo 9 meses después de la partida de los militares galos de Osuna, cual metáfora de un nuevo renacer de la cofradía, los hermanos procedieron al traslado de las sagradas imágenes titulares a otras capillas de las que no se refiere nombre, sino descripción de su ubicación concreta. Esta mudanza en el interior de la iglesia se produce con la total anuencia del prelado y comunidad religiosa, que –como se constata-, pudieron retornar a su actividad anterior. Mas sería casi un espejismo, pues los siguientes acontecimientos de 1820 y la segunda exclaustración de 1835 traerían su pérdida definitiva.  

En el documento rescatado no se indican las causas que motivaron este traslado interno, si pudo responder a un acusado deterioro de la capilla originaria tras la ocupación bonapartina que precisase acometer una reforma urgente, buscaba la hermandad una ubicación de mayor protección o seguridad para sus Sagrados Titulares por temor a un retorno de las tropas francesas, o cualquier otra circunstancia que actualmente desconocemos.




 

Finalizamos este artículo con la transcripción literal de esta extraordinaria declaración que firman los hermanos caídos encabezados por don José García como hermano mayor de la cofradía. Documento dado en Osuna, en 1 de mayo de 1813. 


«El Hermano Mayor y Diputados de la Hermandad de Nuestro Padre Jesús Caído cita en el convento de Mercedarios descalzos de esta Villa, decimos haber colocado a dicha imagen y a nuestra señora de los dolores en las dos capillas de la iglesia de dicho convento que están por la parte abajo del pulpito y cuyos camarines salen a la calle labrador. De consentimiento del Padre Comendador y comunidad por el tiempo que a la misma le acomode o a quien le represente; obligándonos a restituir dichas imágenes  a sus antiguas altares luego que se nos mande por la misma comunidad o personas que le represente sin alegar posesión ni derecho alguno aunque por un raro accidente tuviese corrido el tiempo de prescribir y por ser así de común acuerdo lo firmamos en osuna en 1 de mayo de 1813.

 

Rúbricas:

Jose García. Hermano Mayor. J. del  Valle. Secretario.

Juan Muñoz, Andres Garcia, Francisco Aguilar y Andrés Sanchez. Diputados».


                                                                                                 

 

J.C.M. 20/12/2020

 

 


[1] RUIZ BARRERA, M.T.: «La invasión francesa. Días aciagos para las mercedarias descalzas de Osuna». ASCIL. Anuario de estudios locales, nº 2 (2008). Pág. 22

[2] GÓMEZ DEL VALLE, M.: «Andalucía durante la ocupación francesa (1810-1812). Repercusiones en las provincias de Huelva y Sevilla». Trabajo de investigación de Tercer Ciclo. Universidad de Sevilla, 2019. Pág. 671.

[3] Ib. Pág. 673

[4] Ib. Pág. 681

[5] MORENO DE SOTO, P.J.: «El fénix irresoluto o la sublimación del patrimonio: La torre de la colegiata de Osuna y su sino histórico». Cuadernos de los Amigos de los Museos, 2004. Pág. 32.

[6] Ib. Pág. 32

[7] RUIZ BARRERA, M.T. Ob. Cit. Ib. Pág. 21

[8] RUIZ BARRERA, M.T. Ob. Cit. Ib. Pág. 21

[9] RUIZ BARRERA, M.T. Ob. Cit. Ib. Pág. 21

[10] RUIZ BARRERA, M.T. Ob. Cit. Ib. Pág. 21

[11] GÓMEZ DEL VALLE, M.: Ob. Cit. Pág. 743

[12] GÓMEZ DEL VALLE, M.: Ob. Cit. Pág. 750

[13] GÓMEZ DEL VALLE, M.: Ob. Cit. Pág. 751

[14] GÓMEZ DEL VALLE, M.: Ob. Cit. Pág. 761




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