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El inventario de 1873

La hipótesis de una segunda Dolorosa


No existen dudas respecto a la importancia de conocer el patrimonio de una Hermandad, más aún cuando han transcurrido 315 años desde su fundación en 1705 hasta la fecha.

Es claro que la cofradía ha de valerse del inventario como instrumento de control y registro sobre sus bienes materiales, de modo que permita vigilar el presente y programar los proyectos a realizar en el futuro. Pero también, la existencia del inventario se convierte en un elemento esencial que nos posibilita conocer las inversiones patrimoniales realizadas en el pasado. Y es en este punto en el que vamos a focalizar esta publicación: el inventario como fuente documental histórica.

Así, gracias a la fortuna de tener acceso a un extraordinario manuscrito que consta en los libros de actas de la cofradía, fechado de inicio en 1873 y concluso en 1878 -formando parte de una mayor recopilación de sustanciales textos-, hoy podemos aportar un análisis de potencial trascendencia para hipotéticas líneas de investigación futuras. No obstante queremos matizar que causa cierta extrañeza que esta información no haya sido destacada ni barajada anteriormente, cuando tampoco se extrae de un documento inédito o de nueva aparición, dado que nos constan alusiones directas al mismo en distintas publicaciones; eso sí, siempre con un carácter secundario y superficial, como quien pasa con un ligero andar de puntillas.


Por el momento y vista la extensión del manuscrito en global -merecedor sin duda de un análisis más pausado y profundo de lo que aquí pretendemos-, es nuestra intención seguir el hilo de publicaciones anteriores, centrándonos con detenimiento únicamente en el apartado donde se describe a Nuestra Sagrada Titular, Señora y Madre de los Dolores.

 

 

 

 

La transcripción del párrafo es la siguiente: «Capilla de Nuestra Señora de los Dolores: Un retablo a medio dorar, un altar de lo mismo, con cera, atril, cruz y candeleros de madera dorada; una lámpara de lata y todo lo concerniente para el culto o uso. En el camarín la efigie de Nuestra Señora de los Dolores (hecha por el escultor Astorga y pagado su importe por esta cofradía de la que es propia para poder disponer de ella ahora y siempre) sobre una urna de madera, sol de lo mismo con embutidos de espejo todo dorado; media luna y corona de lata; Medio manto de veludillo azul con puntillas de plata, vestido encarnado de seda…»


Deslumbrados por esta histórica revelación sobre Nuestra Señora de los Dolores en este manuscrito, no podemos resistirnos al análisis que nos sugiere tan maravillosa consigna acotada, paradójicamente, entre la sencillez de dos simples paréntesis.

 


«hecha por el escultor Astorga…»

La cita de Astorga como escultor creador de la efigie no admite interpretaciones y, por ende, entra en certera contraposición con el origen de la Dolorosa malagueña de 1792.

Imposible que Gabriel fuera el autor de la imagen encargada por los mercedarios y aceptada por la cofradía puesto que nació en 1804.  Su padre, el afamado Juan de Astorga, tampoco pudo encargarse de un trabajo tan excelso que hubiera finalizado y entregado con tan solo 13 años de edad. Parece inviable a todas luces.

Si atendemos al análisis de expertos en las características escultóricas propiamente de Nuestra Sagrada Titular, nos constan referencias de los estudiosos en la materia –entre los que se encuentran Roda Peña, Sánchez de los Reyes o incluso los restauradores Morata Pla y Sánchez Pacheco tras los recientes trabajos de 2017-  que han expresado su inclinación hacia la autoría de Gabriel de Astorga con una datación aproximada de la segunda mitad del siglo XIX.

Entre los archivos de la Hermandad existe otro valioso y conocido documento de 1861 suscrito por don Nicolás de Vera y Morales, su esposa doña Ana María Aguilar Martín y por don Miguel Rodrigo, Presbítero, por el que formalizan «donación perpetua»…«a la Señora de los Dolores que se venera en el convento de la Merced de la Villa de Osuna» de una saya o «vestido color carmesí de tisú de oro y seda para su ornato en las solemnidades de su Santo y demás que en aquel convento se celebren». Podemos señalar que en el inventario se refieren vestiduras como las descritas.

 


«...pagado su importe por esta cofradía de la que es propia para poder disponer de ella ahora y siempre»

La reseña concreta a que se había satisfecho el pago íntegro del importe de la efigie Dolorosa, destacando que ya es propia para el disfrute pleno de la hermandad, cobra toda relevancia entendiendo que debe referirse a un dato significativo para la cofradía por corresponder seguramente a un encargo reciente, o al menos no muy lejano en el tiempo.  O bien, que pudiera tratarse de un compromiso de pago que se extendiera a lo largo de varios años, del que la cofradía ya se encontraba liberada; lo cual se refleja con aparente y natural satisfacción. De alguna manera, “se presume” de haber completado el compromiso y poder disponer de ella en perpetuidad.

Nos preguntamos, ¿era necesario hacer constar estas apreciaciones? Dado que no se refiere copropiedad alguna respecto al acuerdo con la Orden de la Merced de 1792,  ¿se ignora, se tergiversa intencionadamente ese importante dato? ¿Es usual hacer referencia, en los términos antes reseñados -que no transmiten sino liberación y entusiasmo de la cofradía-, a un pago que se había realizado 81 años antes y que solo correspondían a una aportación del 50% en gastos de hechura y traslado de la imagen dolorosa desde Málaga?



A la luz de todos estos matices e interpretaciones que nos sugiere la extraordinaria cita del manuscrito sobre Nuestra Señora de los Dolores, concluimos que difícilmente correspondan a la imagen aceptada por la cofradía en las postrimerías del siglo dieciochesco. Tanto por la más que probable autoría de Gabriel de Astorga, como por las referencias al pago y propiedad de la cofradía que acabamos de desmenuzar.

En consecuencia, no parece descabellado llegar a plantearse una hipótesis asombrosa: ¿Pudo la hermandad confiar a Gabriel de Astorga, hacia la segunda mitad del siglo XIX, la hechura de una segunda Dolorosa que sería nuestra Sagrada Titular actual?


Es sabido que los mercedarios fueron exclaustrados por decreto del Convento de la Merced en 1835 y la cofradía debió pasar sin duda por acuciantes crisis, pues no fueron pocos los años que las hermandades se encontraron disueltas o impedidas para ejercer sus deberes originales como instituciones de culto entre los siglos XVIII y XIX.

En nuestra imaginación asaltan atrevidas interrogantes que, llegados a este punto, no podemos censurar: ¿Se llevaron consigo los mercedarios a la Dolorosa malagueña en 1835 al tener que abandonar el Convento mientras la Hermandad se encontraba inactiva? ¿Tuvieron que buscarle algún acomodo o refugio en lugar más seguro? ¿Se alcanzó algún tipo de acuerdo para la rescisión del convenio originario? ¿Pudo llegar a sufrir tal deterioro o expolio en aquellos convulsos años que justificara la necesidad de encomendar una segunda imagen de Nuestra Señora de los Dolores?

 

Las respuestas que confirmen o rechacen estas simples conjeturas seguramente reposen en el silencio u olvido de archivos históricos de la cofradía, hoy de incierta localización.



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