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Carta Semanal del Arzobispo: Jornada de la vida consagrada

publicado a la‎(s)‎ 4 feb. 2012 1:42 por Teniente H. Mayor Jesús Caído
JORNADA DE LA VIDA CONSAGRADA

Carta del 29, I, 2012


Queridos hermanos y hermanas:

El próximo jueves, 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, la Iglesia celebrará la Jornada de la Vida Consagrada. Nosotros la celebraremos el sábado, día 4, con una solemne Eucaristía en la Catedral. En ella haremos visible nuestra estima por la vida religiosa y daremos gracias a Dios por el don inmenso que constituye para nuestra Iglesia particular los 39 conventos de monjas contemplativas, los cerca de 600 religiosos y más de 2000 religiosas de vida activa que colaboran en el apostolado, la evangelización y el servicio a los pobres, a los que hay que sumar los miembros de las sociedades de vida apostólica, de los institutos seculares y las vírgenes consagradas, todos ellos testigos del amor más grande, testigos de la esperanza y de la misericordia de Dios y anticipo y profecía de lo que será la vida futura.

La Vida Consagrada pertenece de manera indiscutible al núcleo más profundo de la vida de la Iglesia, su santidad (LG 44) y uno de los rasgos más importantes de su ser en la Iglesia es la vivencia gozosa y comprometida de la comunión. Los religiosos y religiosas viven la comunión en el seno de sus comunidades como una verdadera familia y tienen como arquetipo y modelo la unidad de la familia trinitaria (VC 10 y 16). La vida fraterna de los consagrados refleja la hondura y riqueza de este misterio y hace de las comunidades religiosas un espacio humano habitado por la Trinidad (VC 41). La vida fraterna en comunidad es un referente magnífico de unidad y fraternidad para la Iglesia diocesana. Cuando se vive con autenticidad, es reflejo de la vida trinitaria y modelo para la comunidad cristiana, por ser manifestación visible del amor infinito y de la mutua entrega que une a las tres divinas Personas y de la amorosa correspondencia que existe en el seno de la Trinidad (VC 21).

La comunión no es algo accidental en la vida de la Iglesia. Pertenece a su entraña más profunda. La Iglesia es “una muchedumbre de pueblos reunida por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (LG 1). La comunión entre el obispo, los sacerdotes, consagrados y laicos es un rasgo esencial de la Iglesia diocesana, que debe ser también una auténtica familia. Quienes en ella trabajan, aportan sus dones y carismas con un sentido espontáneo de comunión, sin la cual la misión es imposible.

El misterio de la Trinidad que habita en quienes vivimos la vida divina nos alienta a vivir la comunión. El manantial que renueva y refresca nuestra comunión es el encuentro diario con Jesucristo, muerto y resucitado, presente en su Iglesia, pues Él es el centro de la comunión eclesial y nuestro más firme y definitivo punto de convergencia. Sólo unidos a Cristo podrán fortalecerse cada día nuestros lazos familiares y crecerá la colaboración fecunda entre el presbiterio diocesano, los consagrados y los laicos en la común tarea de la edificación de la Iglesia.

En la carta apostólica Novo millennio ineunte nos invitaba el Papa Juan Pablo II a vivir la espiritualidad de comunión, que significa “capacidad de sentir al hermano de fe… como uno que me pertenece… para ofrecerle una verdadera y profunda amistad. Espiritualidad de comunión es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un don para mí, además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente... rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos asechan y engendran competitividad... desconfianza y envidias" (n.43). La espiritualidad de comunión promueve además un modo de pensar, decir y obrar, que hace crecer a la Iglesia en hondura y extensión, facilitando la misión.

En las vísperas de la Jornada de la Vida Consagrada, invito a todos los fieles de la Diócesis a vivir la espiritualidad de comunión con los hermanos consagrados que sirven a nuestra Iglesia particular, a acogerles, valorarles y agradecerles los múltiples y excelentes servicios que nos prestan en los más variados campos de la pastoral.

Encomendemos su fidelidad a la vocación que han recibido y a los carismas que regaló a sus fundadores para el bien de la Iglesia. Pidamos al Señor que les conceda muchas, santas y generosas vocaciones que continúen la historia fecunda de sus institutos. A ellos les pido que “vivan” la Diócesis, que la consideren como su casa, que se sientan miembros de la familia diocesana, que rechacen cualquier tentación de actuar por libre o como francotiradores, que se impregnen e impliquen en la aplicación de nuestro Plan Diocesano de Pastoral, que remen en la misma barca, con el mismo ritmo, con la misma intensidad y en la misma dirección, y que sintonicen, por fin, con nuestros proyectos, anhelos y esperanzas y también con nuestros dolores y sufrimientos, buscando siempre la comunión y la unidad.

Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.

+ Juan José Asenjo Pelegrina
Arzobispo de Sevilla
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