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El batido de chocolate de Proust

Decir que la Semana Santa es una fiesta que además del plano religioso envuelve e involucra toda una concatenación sensorial no es ningún descubrimiento plausible a estas alturas. Es obvio que se trata de una celebración que nos inunda la vista, el oído, el olfato, el tacto y el gusto. A esa bendita semana, en parte, la hace tan especial la intensísima sobrecarga sensorial que se da en esos pocos días que la componen. De sus reminiscencias nos retroalimentamos en las fechas en las que cae sobre nosotros el peso de la añoranza, y yendo más allá podríamos aseverar que sus vivencias jalonan nuestro discurrir vital a quienes participamos de ella.

Precisamente vengo a compartir contigo, estimado hermano que has querido dedicar unos minutos de tu tiempo a leer esta humilde columna, una de esas evocaciones que seguramente también habrás experimentado tú, y que en mi caso, se producen a través del gusto. Mediante mecanismos cerebrales asociativos es curioso cómo relacionamos olores y sabores a momentos concretos y los revivimos de forma intensa. Es lo que algunos denominan como el efecto de “la magdalena de Proust[1]. Hablando de la Semana Santa y su gastronomía, seguro que los pestiños, los rosquitos o las torrijas sean los sabores que asociamos a esta especial época del año. No obstante, les vengo a hablar del poder evocador que en mí tiene un alimento bastante menos tradicional: el batido de chocolate. 

“La calle del Cristo”. Cuando alguna vez se me ha preguntado por qué parte de nuestro recorrido me gustaba más, mi respuesta, aunque sé que puede sonar extravagante y alejada de tópicos, siempre ha sido esa: “la calle del Cristo”. “¿Y eso? Si por ahí íbamos solos y no nos veía casi nadie...” suele ser la réplica a esa respuesta…

 Pues precisamente por eso. En ese momento Jesús Caído estaba ahí para nosotros, para su penitencia. Era más Nuestro... En otros momentos lo compartíamos con el pueblo, como en los bullicios de la salida, la Carrera, la Plaza España y, en menor medida, la calle Sevilla y sus insufribles parones. En cambio Jesús Caído en esos tramos se nos ofrecía para deleite de los suyos justo antes de la vuelta al gentío que suponía el último tramo de la Carrera y la entrada. Eso sí, para el que suscribe, todo ello en sus últimos años como nazareno puesto que, más por lo diezmado que quedó nuestro cortejo, que por el avance en el censo, mi sitio estaba más cerca del Señor que de la cruz de guía. Hay que tener en cuenta que si nos retrotraemos a la época “pre-capa” de nuestra cofradía, los niños que íbamos con Jesús Caído en los primeros tramos no lo veíamos en todo el recorrido dada la gran cantidad de nazarenos que por entonces acompañaba a nuestra venerada Imagen. Los finales de los ´80 y principios de los ´90 para nuestra cofradía eran otros tiempos...  

            Además de lo anteriormente expuesto, para los pequeños que por entonces compartíamos fila la llegada a esa zona suponía algo especial, ya que nuestros padres aprovechaban para ofrecernos algún aperitivo en el bar de Currito, situado en la esquina de la placita San Pedro y la calle homónima. Por ello, el recuerdo de mis primeros Jueves Santos lleva el sabor  de aquellos Cacaolats, ya que una vez en la salida éramos encomendados a nuestro querido Juan Carlos Pérez Cecilia, tantos años portador de nuestra cruz de guía – qué apropiada insignia para tan apropiado hermano, dicho sea de paso- hasta el momento del refrigerio en que nos salíamos momentáneamente de la fila. Aquel tentempié no era cosa baladí, mas al contrario, llevaba aparejado uno de los momentos culminantes del Jueves Santo,  ya que nos permitía poder ver al Señor en la calle, algo que, como antes comentaba, no era posible de no ser por ese breve avituallamiento, y en mi caso, por el batido.

Con el paso del tiempo, esa bebida ha adquirido ciertos tintes proustianos por entroncar de manera entrañable con lo de sensorial que tiene nuestra fiesta mayor como mencionaba al principio y para un hermano servidor de usted, por extraño que parezca, se le hacen más vívidos esos momentos de su cada vez más lejana infancia al rememorar esta inocente brebaje.



Fernando Pachón Cano. 
Osuna, 24 de diciembre de 2020.



[1] PROUST, Marcel: En busca del tiempo perdido. Es bien conocido un pasaje de esta famosa novela por el poder evocador que sobre el personaje protagonista tiene el momento en el que moja una magdalena en té, hecho que inconscientemente le hace rememorar de manera intensa pasajes de su niñez asociados a ese peculiar sabor. 

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