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La tragedia de 1997 que golpeó a la Hermandad

El casual descubrimiento de la añeja foto que ilustra este artículo me hizo sacar papeleta de sitio para una estación de impenitente nostalgia e irreprimible pesar. La imagen está alojada en la galería abierta en la página web de la Hermandad, donde tantas estampas llenas de recuerdos levantan a pulso el palio de los sentimientos para dibujar chicotás eternas. En ésta, ya escribo, se funden la nostalgia y el pesar, como se funde la cera en una candelería. Nostalgia por un tiempo ido —la foto fue captada entre 1980 y 1982, hace 40 años— y pesar por contemplar las figuras de dos hermanos que se nos fueron jóvenes aún: Juan Antonio Fernández Castillo, cuya trágica muerte en 1997 junto a otras dos personas conmovió a toda Osuna, y Antonio Jiménez, Antoñín, siempre al servicio de la Cofradía. 




Absolvamos fraternalmente al anónimo autor de la fotografía por el pecado técnico y, sobre todo, devocional de privarnos del bellísimo rostro de Nuestro Padre Jesús Caído, pero agradezcámosle habernos legado esta placa para nuestra particular historia. 

La foto fue captada entre 1980 y 1982. La datación viene sustanciada en un par de detalles. Por una parte, en ella se aprecia perfectamente que el paso de palio de Nuestra Señora y Madre de los Dolores ya luce los respiraderos labrados por Manuel de los Ríos y estrenados en 1980, y por otra, el monte sobre el que se coloca la imagen del Señor de la Caída no ha sido elevado aún para realzar su sublime figura. Esta reforma en el paso se llevó a cabo en 1983. 

En la imagen están, de izquierda a derecha, de pie, Salvador Rodríguez González, Joaquín Palacios de Castro, José Manuel Mora Gordillo, Antonio Jiménez y la pequeña Sonia Cecilia, y sentados, Juan Antonio Fernández Castillo, Francisco Martín Herrera, Manuel López y Emilio Cecilia Franco. Para toda la Hermandad son, simplemente, Salvador, Quini, Morita, Antoñín, Juan Antonio —sus dos hijos, José Manuel y Juan Francisco, son los niños que se aprecian en la parte inferior—, Frasquito, López y Emilio, quien en esos años desempeñó con gran acierto el cargo de hermano mayor. 

Unos 15 años después... 

Aquella calurosa tarde de junio 

Toda Osuna quedó conmocionada. La tragedia, una gran tragedia, golpeó al pueblo en general y nuestra Hermandad en particular la calurosa tarde-noche del 25 de junio de 1997, principios de un verano que marcó para siempre la vida de tres familias ursaonenses, asoladas por tanta muerte. Nuestro hermano Juan Antonio Fernández Castillo, industrial, de 52 años; su empleado Rafael Gutiérrez Rodríguez, de 22, y el policía local José Manuel Domínguez Rodríguez, de 33, todos ellos padres de familia, fallecieron en trágicas circunstancias por la inhalación de gases tóxicos en un decantador de alpechín, ubicado en una nave del polígono industrial «El palomar». José Manuel Domínguez pereció en un abnegado intento por salvar las vidas de Juan Antonio y Rafael. 

Otros dos policías locales, Palomo y Juan Reina, y un tercer vecino también resultaron afectados en su afán por socorrer a los primeros. Hubieron de ser ingresados en el hospital comarcal de la Merced. Un día después recibieron el alta médica. 

La conmovedora noticia, publicada tan sólo por el ABC de Sevilla, abrió los telediarios de mediodía de los distintos canales nacionales de televisión. El entonces alcalde, Antolín Isidro Aparicio, decretó día de luto oficial en Osuna, donde las distintas banderas ondearon a media asta. La capilla ardiente del agente fue instalada en el salón de plenos del Ayuntamiento. Sus compañeros en el Cuerpo de Policía Local estaban destrozados. Las otras dos víctimas mortales, Juan Antonio y Rafael, fueron veladas en sus domicilios. 

Los funerales corpore insepulto fueron oficiados por la tarde. A las cinco, en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Victoria, el ofrecido por el eterno descanso del alma de José Manuel Domínguez, y a la misma hora en la iglesia de Nuestra Señora de Consolación, el celebrado por la de Rafael Gutiérrez. 

En la crónica publicada en el ABC de Sevilla se añadió lo siguiente: 

«Hora y media después comenzaron las honras fúnebres por Juan Antonio Fernández Castillo, en la iglesia filial de Santo Domingo, donde se halla establecida la Hermandad de Jesús Caído, a la que pertenecía.» 

En todos los entierros hubo presencia de autoridades y representantes de los partidos políticos. En el de Domínguez hubo además nutrida presencia de policías locales de pueblos cercanos —Écija, Estepa, Aguadulce, Herrera, El Rubio...— y representación de la Guardia Civil. En la homilía, el entonces párroco de la Victoria, Mariano Pizarro Luengo, hoy capellán de honor de Su Santidad, párroco emérito de la Victoria y adscrito al servicio pastoral de nuestra parroquia de la Asunción, subrayó la importancia la labor de la Policía Local, capaz de dar la vida por salvar al prójimo. 

La crónica del ABC de Sevilla finalizó así: «Muchísimas personas acompañaron también a los fallecidos hasta el cementerio para darles el último adiós. Un cementerio que se halla muy cerca del polígono “El palomar”, en una de cuyas naves sólo reinaba un silencio estremecedor provocado por los gases emanados en un decantador de alpechín.» 




José María Aguilar

Osuna, 28 de agosto de 2020


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