Reflexión

Abrimos, en tiempo de cuaresma, esta nueva sección ideada para tratar de fomentar la REFLEXIÓN CRISTIANA y los valores más profundos del sentido de nuestra Hermandad, tal como reza en sus reglas.

REGLA 10ª.-Es también fin general de la Hermandad el profundizar en la fe, en la convivencia cristiana con los hermanos, en la meditación del mensaje evangélico que encierra la Palabra de Dios, y el afán de esta Esclavitud por formar un grupo eclesial, modélico en el apostolado, piedad y caridad, transformado así el orden temporal (Norma 7).


Desde este apartado únicamente pretendemos ofrecer un espacio para facilitar ese momento de lectura y meditación que tanto precisamos a diario en nuestra vida cotidiana.  Así, 
nos proponemos ir dando cabida, poco a poco, a diferentes textos más o menos elaborados (artículos, lecturas, peticiones, mensajes, imágenes...) que faciliten momentos para la reflexión cristiana. 

Por supuesto, estamos abiertos a la participación de todos los hermanos/as o devotos/as que tengan a bien compartir sus vivencias o testimonios, pudiendo enviarlas para su difusión, pública o anónima, a través de las redes sociales oficiales de la Hermandad o del correo: secretario@jesuscaidoosuna.com





Campaña «Cada vida cuenta»

Con motivo de la proposición de una ley orgánica de regulación de la eutanasia en España, la Archidiócesis de Sevilla ha lanzado la campaña informativa #Cadavidacuenta que incluye un Dossier de prensa en el que presenta una serie de materiales y recursos que ayudan a contextualizar esta cuestión y en el que argumenta su oposición bajo criterios no solo religiosos o morales, sino también médicos, jurídicos y éticos.




PETICIONES EN LA FUNCIÓN EN HONOR A SAN PEDRO, TITULAR DE N.H. en misa oficiada el Domingo, 28 de junio de 2020 en la iglesia de Santo Domingo.


  • En esta función en honor a San Pedro, primer acto de culto que celebramos tras levantarse el estado de alarma en España, nuestra Hermandad tiene presentes a todos los fallecidos en el mundo a causa de esta terrible pandemia. Para que Dios Todopoderoso acoja misericordioso sus almas, roguemos al Señor... 
  • Por los miles de contagiados que aún quedan sin curar para que pronto vean restablecida la salud, roguemos al Señor... 
  • Por las familias de los fallecidos, destrozadas por la pérdida de seres queridos, y las de los contagiados, angustiadas por los terribles efectos de la enfermedad, para que la fe y la esperanza les guíe, roguemos al Señor... 
  • Por las miles de personas que han perdido su trabajo a consecuencia de esta dramática situación sobrevenida, para que recuperen pronto su empleo, roguemos al Señor...
  • Para que imperen la responsabilidad y el sentido del civismo en todos nosotros y así se puedan evitar indeseables rebrotes de contagios, roguemos al Señor... 
  • Para que pronto en todo el mundo se pueda disponer de vacuna contra el mal que nos atribula, roguemos a Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora y Madre de los Dolores... 






CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO A TODOS LOS FIELES PARA EL MES DE MAYO DE 2020 


Queridos hermanos y hermanas: 

Se aproxima el mes de mayo, en el que el pueblo de Dios manifiesta con particular intensidad su amor y devoción a la Virgen María. En este mes, es tradición rezar el Rosario en casa, con la familia. Las restricciones de la pandemia nos han “obligado” a valorizar esta dimensión doméstica, también desde un punto de vista espiritual. 

Por eso, he pensado proponerles a todos que redescubramos la belleza de rezar el Rosario en casa durante el mes de mayo. Ustedes pueden elegir, según la situación, rezarlo juntos o de manera personal, apreciando lo bueno de ambas posibilidades. Pero, en cualquier caso, hay un secreto para hacerlo: la sencillez; y es fácil encontrar, incluso en internet, buenos esquemas de oración para seguir. 

Además, les ofrezco dos textos de oraciones a la Virgen que pueden recitar al final del Rosario, y que yo mismo diré durante el mes de mayo, unido espiritualmente a ustedes. Los adjunto a esta carta para que estén a disposición de todos. 

Queridos hermanos y hermanas: Contemplar juntos el rostro de Cristo con el corazón de María, nuestra Madre, nos unirá todavía más como familia espiritual y nos ayudará a superar esta prueba. Rezaré por ustedes, especialmente por los que más sufren, y ustedes, por favor, recen por mí. Les agradezco y los bendigo de corazón. Roma, San Juan de Letrán, 25 de abril de 2020 Fiesta de san Marcos, evangelista


Oración a María 

Oh María, tú resplandeces siempre en nuestro camino como un signo de salvación y esperanza. 

A ti nos encomendamos, Salud de los enfermos, que al pie de la cruz fuiste asociada al dolor de Jesús, manteniendo firme tu fe. 

Tú, Salvación del pueblo romano, sabes lo que necesitamos y estamos seguros de que lo concederás para que, como en Caná de Galilea, vuelvan la alegría y la fiesta después de esta prueba. 

Ayúdanos, Madre del Divino Amor, a conformarnos a la voluntad del Padre y hacer lo que Jesús nos dirá, Él que tomó nuestro sufrimiento sobre sí mismo y se cargó de nuestros dolores para guiarnos a través de la cruz, a la alegría de la resurrección. Amén. 

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.


Oración a Maria 

«Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios». 

En la dramática situación actual, llena de sufrimientos y angustias que oprimen al mundo entero, acudimos a ti, Madre de Dios y Madre nuestra, y buscamos refugio bajo tu protección. 

Oh Virgen María, vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos en esta pandemia de coronavirus, y consuela a los que se encuentran confundidos y lloran por la pérdida de sus seres queridos, a veces sepultados de un modo que hiere el alma. 

Sostiene a aquellos que están angustiados porque, para evitar el contagio, no pueden estar cerca de las personas enfermas. 
Infunde confianza a quienes viven en el temor de un futuro incierto y de las consecuencias en la economía y en el trabajo. Madre de Dios y Madre nuestra, implora al Padre de misericordia que esta dura prueba termine y que volvamos a encontrar un horizonte de esperanza y de paz. 

Como en Caná, intercede ante tu Divino Hijo, pidiéndole que consuele a las familias de los enfermos y de las víctimas, y que abra sus corazones a la esperanza. Protege a los médicos, a los enfermeros, al personal sanitario, a los voluntarios que en este periodo de emergencia combaten en primera línea y arriesgan sus vidas para salvar otras vidas. Acompaña su heroico esfuerzo y concédeles fuerza, bondad y salud. Permanece junto a quienes asisten, noche y día, a los enfermos, y a los sacerdotes que, con solicitud pastoral y compromiso evangélico, tratan de ayudar y sostener a todos. 

Virgen Santa, ilumina las mentes de los hombres y mujeres de ciencia, para que encuentren las soluciones adecuadas y se venza este virus. Asiste a los líderes de las naciones, para que actúen con sabiduría, diligencia y generosidad, socorriendo a los que carecen de lo necesario para vivir, planificando soluciones sociales y económicas de largo alcance y con un espíritu de solidaridad. Santa María, toca las conciencias para que las grandes sumas de dinero utilizadas en la incrementación y en el perfeccionamiento de armamentos sean destinadas a promover estudios adecuados para la prevención de futuras catástrofes similares. 

Madre amantísima, acrecienta en el mundo el sentido de pertenencia a una única y gran familia, tomando conciencia del vínculo que nos une a todos, para que, con un espíritu fraterno y solidario, salgamos en ayuda de las numerosas formas de pobreza y situaciones de miseria. Anima la firmeza en la fe, la perseverancia en el servicio y la constancia en la oración. 

Oh María, Consuelo de los afligidos, abraza a todos tus hijos atribulados, haz que Dios nos libere con su mano poderosa de esta terrible epidemia y que la vida pueda reanudar su curso normal con serenidad. 3 Nos encomendamos a Ti, que brillas en nuestro camino como signo de salvación y de esperanza. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! Amén.


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La crisis actual vista por el Cardenal Robert Sarah.

Mientras el mundo entero está siendo azotado por el coronavirus, el cardenal Robert Sarah, confinado en el Vaticano, analiza esta crisis absolutamente inédita que os copiamos a continuación en esta sección de reflexión.

“En pocas semanas, la gran quimera de un mundo materialista que se creía todopoderoso parece haberse hundido. He aquí que un virus microscópico, ha puesto de rodillas a este mundo que se contemplaba a sí mismo ebrio de autosatisfacción porque se creía invulnerable. la economía se ha hundido y las bolsas caen en picado. Hay fracasos por doquier. Henos aquí, enloquecidos, confinados por un virus del que nos sabemos casi nada. El término epidemia había sido superado, era un término medieval. De repente, se ha convertido en nuestra cotidianidad”.

“El hombre autodenominado todopoderoso aparece en su cruda realidad. Aquí está, desnudo. Su debilidad y su vulnerabilidad son patentes. El hecho de estar confinados en casa nos permitirá, espero, volver de nuevo a lo esencial, redescubrir la importancia de nuestra relación con Dios y, por ende, de la centralidad de la oración en la existencia humana. Y, con la conciencia de nuestra fragilidad, en confiar en Dios y su misericordia paterna”.

“La experiencia del confinamiento ha permitido que muchos redescubran que dependemos real y concretamente los unos de los otros. Cuando todo se desmorona, solo quedan los vínculos del matrimonio, la familia y la amistad. Hemos descubierto de nuevo que somos miembros de una nación y, como tales, estamos unidos por lazos invisibles pero reales. Y, sobre todo, hemos redescubierto que dependemos de Dios”.

“Nos hemos dado cuenta de que la muerte no era algo lejano. Hemos abierto los ojos. Lo que nos preocupaba: economía, vacaciones, polémicas mediáticas, ha pasado a un inútil segundo plano. Es imposible no plantearse la cuestión de la vida eterna cuando cada día nos informan del número de contagiados y fallecidos. Hay quien entra en pánico, lleno de temor. Otros rechazan las evidencias y se dicen: es un mal momento que hay que pasar, todo volverá a ser como antes”.

“¿Y si, de manera sencilla, en este silencio, en esta soledad, este confinamiento, osáramos rezar? ¿Si osáramos transformar nuestra familia y nuestro hogar en iglesia doméstica? ….orientando todas las cosas y todas las decisiones hacia la gloria de Dios. ¿Y si, simplemente, osáramos aceptar nuestra finitud, nuestros límites, nuestra debilidad de criaturas? Me atrevo a invitar a todos a dirigirse a Dios, hacia el Creador, el Salvador. Dado que la muerte está presente de manera tan masiva, invito a todos a plantearse la pregunta: ¿la muerte es realmente el final de todo? ¿O es un pasaje, ciertamente doloroso, pero que desemboca en la vida? Por esto, Cristo resucitado es nuestra gran esperanza. Dirijamos nuestra mirada hacia Él. Acerquémonos a Él, que es la Resurrección y la Vida. Nos queda la adoración, la confianza y la contemplación del misterio”.

“Pero lo único que podemos hacer es rezar, animarnos mútuamente, apoyarnos los unos a los otros. Ha llegado el momento de redescubrir la oración personal . Ha llegado el momento de redescubrir la oración en familia, de que los padres aprendan a bendecir a sus hijos. Los cristianos, privados de la eucaristía, se dan cuenta de la gracia que era la comunión para ellos. Los animo a poner en práctica la adoración en sus casas, porque no hay vida cristiana sin vida sacramental”.

“Algunos dicen que nada volverá a ser como antes. Lo espero. Sin embargo, temo que, si el hombre no vuelve con todo su corazón a Dios, todo volverá a ser como antes y el camino del hombre hacia el abismo será ineludible”.

“Defender la fe es defender a los más débiles, los más humildes, permitiendo que amen a Dios de verdad. Está en juego la salvación de las almas, de las nuestras y de las de nuestros hermanos. El día en que ya no ardamos de amor por nuestra fe, el mundo morirá de frío puesto que estará privado de su bien más precioso”.

“No podemos llamarnos creyentes y vivir, en práctica, como ateos!”






Homilía del Domingo de Resurreción (12 de abril de 2020) Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.



Queridas religiosas, grupos parroquiales, feligreses, queridos amigos y hermanos todos en el Señor. 

Hoy es el Día solemne de la Pascua. La pasada noche celebrábamos la Vigilia Pascual, sin duda en un contexto social único debido a la pandemia. Seguro que la recordaremos toda nuestra vida. Vivir el don de la fe en la celebración de esta Pascua tan particular no desmerece el que la estemos celebrando en casa recluidos. Sigue siendo un momento de llamada al seguimiento de Jesús de Nazaret. Los apóstoles, a pesar de que habían sido testigos de las enseñanzas, de los milagros, incluso de los momentos de la pasión, no entendían totalmente lo que estaba aconteciendo. Lo entenderán ahora, cuando Cristo resucita de entre los muertos. 

La señal de los cristianos es la Cruz y nosotros nos signamos invocando a la Santísima Trinidad. El signo de la resurrección es el sepulcro vacío, que está lleno del amor de Dios y llena de sentido todo lo que creemos. Para muchas personas el sepulcro vacío es signo de que allí no está el cuerpo de Jesús. Quizás se lo llevaron a otro sitio, los apóstoles lo trasladaron, o lo enterraron en otro sitio, quizás robaron el cuerpo, … , con el fin de decir que verdaderamente había resucitado. Es decir, para inventarse que Jesús había resucitado. Es cierto. Ante este signo se pide fe para seguir creyendo. Ayer lo decíamos en la Vigilia Pascual. Tener fe no nos ahorra afrontar la vida y las dificultades y pruebas que ella nos propone. Pero nos sentido que trasciende nuestra propia realidad. Que trasciende cualquier dificultad y de padecimiento. No es una evasión o buscar un refugio que me alivie el tener que pensar qué me está ocurriendo. 

En verdad, Dios existe y se ha revelado plenamente en su Hijo, Jesucristo, y por su pasión, muerte y resurrección nos hace a todos partícipes de este misterio de vida y de vida eterna. Cristo que resucita de entre los muertos se sigue revelando. Y nosotros durante este tiempo de Pascua que hoy comienza, vamos a celebrar nuestra fe, especialmente ahora en la Octava de Pascua, y cada Domingo. En el centro del Domingo: la Eucaristía. El Domingo de Resurrección inaugura esta práctica que nosotros tenemos como fiesta cada semana. Y, además, fiesta solemne, porque estamos necesitados de Dios. Él mismo es quien nos convoca cada Domingo a celebrar los misterios de nuestra fe, en la pasión, muerte y resurrección de Cristo. Así nosotros crucificados con Cristo en su entrega en Cruz, también acogiendo su Palabra y alimentándonos con su Cuerpo, quedamos configurados como familia e Iglesia, y seremos enviados a anunciar la Buena Nueva de la salvación. 

Hoy la luz resplandece en medio del mundo. Ya no hay tiniebla que cubra nuestro horizonte. Ya no hay oscuridad que ciegue totalmente nuestra vista, porque en verdad Cristo ha resucitado de entre los muertos. 

Nosotros pasamos por este mundo como un suspiro. Vamos pasando poco a poco, y deseamos ofrecer el don de nuestra fe a todos aquellos que Dios pone en nuestro camino. ‘Pasar haciendo el bien’. Lo vamos a proclamar en las Escrituras en este tiempo de Pascua, en la lectura continuada de los Hechos de los Apóstoles. Jesús de Nazaret pasó haciendo el bien. Los cristianos que quedamos configurados con la vida de Jesús de Nazaret, también pasamos haciendo el bien. 

En estos momentos de pandemia ofrecemos nuestro testimonio de caridad para con los más necesitados, junto con nuestros familiares, y con los que compartimos nuestra casa. También con nuestros vecinos y con toda persona que Dios pone en nuestro camino. Dios existe y sigue estando cerca de nosotros, y nos envía el Espíritu Santo para que en verdad nosotros nos sepamos hijos amados suyos y que acojamos que nuestra vida tiene un sentido pleno. Que así sea.





Homilía del Sábado Santo. Vigilia Pascual (11 de abril de 2020) Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.


Queridas religiosas, grupos parroquiales, feligreses, queridos amigos y hermanos todos en el Señor.
Esperamos el clarear de un nuevo y en esta noche, noche santa, la luz va a iluminar todo el firmamento, porque esta es la madrugada del anuncio de la Resurrección, el primer día de la Semana. Jesús de Nazaret resucita como había anunciado. Ahora se cierra el círculo y de la incredulidad pasamos a la certeza. ¿O no es así?

El don de la fe que hemos recibido nos aporta credulidad, es decir, creemos en aquello que se nos anuncia como verdad. Más aún, creemos en aquello que vemos, tocamos, medimos, ..., aquello que va acompañado de fórmulas con solución, de análisis científico, discurso racional, ... Pero, nosotros creemos porque otros han visto y han creído. La fe, desde la entrega cristiana, también implica confianza y valentía.

Recuerdo una anécdota en la que una persona no creyente me dijo: 'vosotros los cristianos con decir que tenéis fe ya lo tenéis todos solucionado, porque en seguida desaparece la muerte, la duda, la destrucción, el pecado, ...'. Reconozco que en parte tenía razón, ya que como buenos católicos tenemos una palabra en todos los momentos de la vida y de la muerte. Pero no es menos cierto, que la fe no nos evade de la realidad, ni de tener que afrontar todos los ámbitos de nuestra existencia.

Hemos recibido el anuncio de una Buena Noticia: Jesús de Nazaret, Hijo de Dios Salvador, resucitado de entre los muertos. No sólo recibimos el mensaje que fue un hombre extraordinariamente bueno, bondadoso, magnánimo y misericordioso, sino que se reveló como Mesías: Hijo de Dios y Dios mismo entre nosotros. Este anuncio colma todas las expectativas de las antiguas profecías, ya que anunciaban que el Mesías vendría a nosotros. Sin embargo, es el Hijo de Dios, el propio Dios, quien comparte nuestra condición humana, para que nosotros podamos compartir su condición divina.

Celebramos la Pascua de Resurrección, el anuncio de la victoria sobre el pecado y sobre la muerte. Uno de entre nosotros ya ha resucitado, y por su muerte redentora en Cruz todos estamos llamados a la vida eterna.
¿Cómo alcanzar esa vida perdurable? Creyendo con fe en las enseñanzas de Jesús de Nazaret. '...todo el que ve al Hijo y cree en Él tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el última día' (Jn 6,40). La fe es confiar en la palabra de Jesús de Nazaret. Esa palabra humana que va acompañada con el testimonio de su vida y con los signos que realizó. En este Santo Triduo Pascual hemos celebrado el día del amor fraterno y la muerte en Cruz para remisión de nuestros pecados. Todas las obras de bondad y misericordia de Jesús de Nazaret, incluso la de morir en Cruz, forman parte de un precioso compendio de vida humana plena. Todas ellas se completan con el acontecimiento de la resurrección.

 ́Amaos unos a otros como yo os he amado', 'Padre perdónalos porque no saben lo que hacen', 'esto es mi Cuerpo, ..., esta es mi Sangre... haced esto en memoria mía'..., todas estas enseñanzas conforman un camino pleno de vida humana. Pero, además, con la resurrección de Jesús de Nazaret, adquieren una dimensión que trasciende nuestras limitaciones y debilidades. Por su muerte y resurrección también nosotros moriremos y resucitaremos.

¿De qué manera se nos hace partícipe de su muerte y resurrección? Creyendo con fe, bautizándonos e imitando su vida. Esta es la misión de la Iglesia que recibió del propio Jesucristo en sus apóstoles y que hoy sigue realizando con fidelidad.
Durante este tiempo de Pascua, que esta noche inauguramos, los escritos neotestamentarios nos van a ofrecer las apariciones del Señor. Él resucita de entre los muertos, pero no se desentiende de los que eligió, y, por tanto, no se desentiende de nosotros. Nos acompaña en el día a día, y especialmente cada Domingo.

No es un tópico recordar que Jesús en sus apariciones lo primero que ofrece es Paz: nace de lo más profundo de nuestro interior sabiéndonos amados de Dios. Además, nos alimenta con su Palabra y su Cuerpo. Con su resurrección instituye la práctica dominical, en la última Cena se nos ofrece como alimento y en el sacramento de la Eucaristía se perpetua su presencia real con nosotros.

Es aquí donde podemos encontrar el sentido para nuestra vida y la cercanía que deseamos de Dios. El misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo no es lejano ni es para otros: es cercano, es para mí... es para nosotros. Los sacramentos que instituyó son presencia del Crucificado- Resucitado y testimonio perenne de que quien que cree en él tiene vida eterna.

No os puedo decir como aquel fiel que con decir que tengo fe lo tengo todo solucionado. No es así, ya que seguirán nuestras inquietudes, enfermaremos, pecaremos, moriremos, ..., pero sabemos que tiene un sentido, y sobre todo un fin: vivir con Dios para siempre por la muerte y resurrección de Jesús de Nazaret.

En esta noche tan singular de Pascua pido al Señor por todos aquellos que solo ven oscuridad en sus vidas. Por todos aquellos que no creen, porque no pueden ver más allá de lo empírico y lo medible. Por todos aquellos que desconfían de sus hermanos porque saben que nos seguimos dejando tentar por el mal y el pecado, y nos lleva incluso a atentar contra lo más sagrado, que es la vida de nuestro prójimo. Pido por todos nosotros fieles en Cristo Jesús, habiendo recibido la llamada a la conversión y el anuncio de la resurrección, confiamos en su misericordia.

Por su muerte y resurrección tenemos vida y vida en abundancia. Felicidades queridos hermanos y hermanas en esta noche de Pascua. Vivamos el don de la fe cada día y demos testimonio de la vida eterna a toda persona que Dios ponga en nuestro camino. Que así sea.





Homilía del Viernes Santo (10 de abril de 2020)Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.


Queridas religiosas, grupos parroquiales, feligreses, queridos amigos y hermanos todos en el Señor. 

La pasión de Jesús de Nazaret que hemos proclamado en el Evangelio de San Juan se ha hecho realidad como anunciaban las Escrituras de los días anteriores: apresado y condenado, cargado con la Cruz realizó la Vía Dolorosa, conducido al Gólgota y allí crucificado, muerto, y finalmente, sepultado. De esta manera, la historia se consuma y, previsiblemente, termina. 

El relato de la Pasión es el de un gran fracaso. Jesús de Nazaret murió como un blasfemo, bandido, traidor, …, poned todos los cargos que encontréis en la Escritura y en vuestro corazón. Porque no es crucificado sólo por los delitos que les imputan las autoridades, …, también muere por mis pecados, por vuestros pecados, por los pecados de todas las personas de la humanidad y de todos los tiempos. Podemos pensar que es exagerado y que la muerte de un solo hombre hace dos milenios es insignificante comparado con las muertes que hoy mismo se han producido por el coronavirus, por las guerras, el hambre, la enfermedad y la propia debilidad de la condición humana. Pues así es: la muerte vence. Lo afirmamos con toda claridad y sinceridad. No solo la de Jesús de Nazaret, sino también la de nuestros seres queridos, y también la nuestra propia. La destrucción está unida a la vida. Podemos afirmar que es un sin sentido. O también podemos aceptar esta realidad con resignación y acogernos al tiempo que nos ha tocado vivir y vivirlo con dignidad. Muchas personas así lo hacen. Ateos, los no creyentes, …, otros fieles profesan otras creencias propias de sus religiones. 

Ante esta realidad: ¿qué decir? En la oración y en la meditación personal encomiendo a los fieles que me piden que rece por ellos. A lo largo de mis casi veinte años de sacerdocio he rezado por muchos de ellos que ya han fallecido y he acompañado a sus seres queridos. Os confieso que en ocasiones no he tenido palabras que decir… lo cual en un sacerdote es difícil, ya que tenemos la merecida fama de hablar mucho. Sin embargo, estimo que en esos momentos ocurre como esta tarde de Viernes Santo en que después de la Pasión Jesús de Nazaret yace muerto, primero en brazos de su Madre, y después colocado en el sepulcro. Queda el silencio, el vacío interior, la impotencia, el sin sentido. El lamento es seguido por el llanto, y este con dolor profundo de sabernos perdidos sin remedio. Silencio, …, abandonados. Así es como quizás nos sentimos en esta tarde de Viernes Santo. Así también nos narran los Evangelios que se sintió el Señor: el Padre lo abandonó… ¿Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado? Debía cumplir la voluntad del Padre, pero la Cruz es pesada. 

En estos momentos de silencio pedimos la cercanía de cada uno de nosotros con todos. Pedimos estar unidos en la oración y en la comunión. Pedimos al Padre celestial que así como dio fortaleza a su Hijo para cumplir su designio nos la de a nosotros para también ser fieles a su voluntad. El signo de los cristianos es Cruz. El madero inerte y pesado en el que fue depósito el cuerpo aún con vida de Jesús de Nazaret, y después descendida ya inerte. La cruz es símbolo de ignominia, pero cómo imaginar que será también signo de gloria. Hoy no parece posible. Por eso nos abrazamos a la cruz de Cristo como su Madre, María, abrazó a su Cuerpo. Os pido hacer presente en vuestra oración y silencio todas las necesidades personales, familiares o humanas que os vengan a la memoria. Todas ellas las ponemos a los pies de la Cruz de Cristo crucificado. La consecuencia del pecado es la destrucción. De la Cruz signo de condenación brotará la luz de la vida. 

Esperamos en oración y expectantes que se cumpla el anuncio de la resurrección al tercer día. Os pido dedicar esta jornada y la de mañana a la oración por todas las personas necesitadas del mundo, y por nuestros familiares y amigos difuntos. Todos esperan el clarear del nuevo día donde la luz de la Pascua inundará toda la realidad. Que así sea.




Homilía del Jueves Santo (9 de abril de 2020)Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.


Queridas religiosas, Hermandad Sacramental, Hermandad de Jesús Caído, Cáritas, grupos parroquiales, feligreses, queridos amigos y hermanos todos en el Señor.

La caridad no tiene medida. ¿Cómo se podría medir? Cada gesto de ternura, de bondad, de perdón, de misericordia,..., la caridad llena el alma y el corazón de cada uno de nosotros cuando tenemos conciencia que hemos actuado como debíamos. Pero esa experiencia es efímera. No dura para siempre, y desear permanecer siempre en ella implica mirar hacia atrás, querer vivir de algo que ya pasó.

Pero si esto así, ¿por qué hacemos memoria de Jesucristo? Reconocemos como fieles que Dios entregó a su Hijo único para que puedan ser perdonamos nuestros pecados y con su sangre redimir nuestras almas para la gloria de la vida eterna. No hay amor más grande de Dios hacia nosotros. Jesús de Nazaret se dio completamente, sin reservas, sin condiciones. La máxima del amor es dar la vida por otro, en este caso por otros: por todos nosotros. Hacemos memoria de ese acontecimiento. La diferencia está en que ese momento de caridad infinita se actualiza hoy, ahora, entre nosotros, en la Eucaristía.

Dios permanece entre nosotros todos los días desde nacimos a este mundo y, sobre todo, permanece en cada uno de nosotros desde el día de nuestro bautismo. La caridad de Dios está en ti, en mí, en todos. Por esta razón, cada vez que nosotros hacemos una obra de caridad para el prójimo es Dios mismo quien también la realiza. El mandamiento nuevo del amor consiste en amar como Jesús de Nazaret nos amó. Y ese amor no tiene medida. Para que el fruto de la Eucaristía sea fortalecer la fe y construir el Reino de Dios a partir de nuestras obras de caridad hemos de tener experiencia de ese amor de Dios. Después lo recordaremos, pero no nos quedaremos ahí, en el pasado, sino que actualizaremos ese amor que Dios ha tenido con nosotros dándolo a otros.

Así es como en el día del amor fraterno el gesto de caridad más grande de Dios para con nosotros se hace caridad en la Eucaristía. Compartimos su mismo Cuerpo y su misma Sangre. Queridos hermanos, no hay amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Pues aquí, en este altar, se renueva hoy el amor de Dios para con nosotros.
'Amaos unos a otros como yo os he amado', hemos proclamado. Este mandato del Señor lo recibimos no como una norma, sino como la senda del camino de la santidad cristiana. Ser santos significa vivir como Hijos de Dios. Si Dios es amor, entonces la identidad del cristiano es amar.

Por otra parte, no debemos caer en sentimentalismos, tópicos y superficialidades. Por el testimonio de Jesús de Nazaret tomamos conciencia que amar implica también sacrificio, incluso persecución. Las lecturas de las profecías del Antiguo Testamento así lo señalaban: varón de dolores, maltratado, golpeado,... El amor más grande de la humanidad se hace visible en la Cruz. Y optar por el camino de la Cruz no es apetecible desde una cultura del bienestar.
La caridad toca la realidad de las personas: acompañando al enfermo, vistiendo al desnudo, dando de comer al hambriento, ..., las obras de misericordia son expresión de las bienaventuranzas. Hoy vemos con preocupación e incluso con temor la propagación de la pandemia. Sin embargo, muchas personas por amor se entregan para que otros puedan vivir. Muchos serán cristianos, otros no. Pero todos ellos creados por Dios.

Entre ellos también los sacerdotes. Hoy también celebramos la institución del sacerdocio ministerial. La cifra de sacerdotes fallecidos también aumenta cada día. Deseo hacer memoria de todos ellos porque han dado su vida como Cristo lo hizo. Probablemente algunos se infectaron por el trato habitual con sus fieles. Pero otros muchos se infectaron en los hospitales atendiendo a la necesidad de quien pide la cercanía de Dios en los últimos momentos de su vida. La caridad se tiene que tocar. No es utopía. Es compartir con quien está necesitado.
Os pido rezar por nuestros sacerdotes, para que seamos buenos y santos. También nosotros pedimos perdón por nuestros pecados. Y os pido que ayudéis a vuestros sacerdotes. A todos: a los más jóvenes porque su ímpetu de transformar la realidad para el bien a veces hace que el mundo se les caiga encima con todos sus problemas. Por otro lado, la edad media del clero va creciendo, y muchos de ellos aun en edad de jubilación no lo hacen, porque su vocación es el servicio. Estad cerca de los sacerdotes mayores.

Nuestra vocación es el servicio, allá donde Dios nos envíe y con las personas que allí vivan. Con sus problemas, sus logros, sus ilusiones, ... el sacerdote vive en el pueblo y es uno del pueblo.
En este día del Jueves Santo celebramos la Última Cena del Señor en la que conmemoramos la institución del sacerdocio ministerial, la institución de la Eucaristía y el día del amor fraterno. Todo converge en Jesús de Nazaret, Hijo de Dios Salvador. El testimonio de su vida, especialmente sus últimos días de vida terrena, constituyen el compendio de la vida cristiana. Venimos a celebrar y después de nutrir y renovar nuestra fe, volveremos a ser enviados como apóstoles para anunciar al mundo la Buena Noticia de la Salvación.
Queridos hermanos y amigos, que la celebración tan singular de este Triduo Pascual aliente nuestras vidas durante este tiempo de prueba debido a la pandemia. Pido a Dios por todos vosotros para que este tiempo sea un tiempo de gracia que lleve consigo en nosotros configurarnos a Cristo y llegar a cumplir también en nosotros el mandamiento nuevo: que nos amemos unos a otros como Él nos amó.
Que así sea.



Homilía del Miércoles Santo (8 de abril de 2020)Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.


Queridas religiosas, grupos parroquiales, feligreses, queridos amigos y hermanos todos en el Señor.
Es Miércoles Santo, antesala del triduo pascual. Ayer proclamábamos en las lecturas el anuncio de la traición de Judas Iscariote en San Juan, y hoy lo proclamamos en San Mateo. Hoy, además, con la aportación del encuentro con los sacerdotes y el pacto para entregarlo. Todo se va a consumar.
Es impresionante cómo la descripción del siervo sufriente de Isaías se cumple en Jesús de Nazaret. No huyó de los insultos, ni del escarnio. Recibió del Señor el don de hablar y escuchar, para ofrecer una palabra de aliento y oír al que necesita desahogarse. Así es nuestro Dios y Señor en Jesucristo: atento a las necesidades de todos nosotros, sus hijos. Nos habla al corazón por su Palabra contenida en la Sagrada Escritura y nos escucha en nuestra súplica en la oración de la Iglesia y en la oración personal.

Estas dimensiones son muy importantes para la vida del cristiano. Pero como algo 'extraordinario', en dos sentidos de esta palabra: primero, en cuanto que es ordinario y habitual acercarnos a la Palabra de Dios; leer la Biblia, rezar con los textos que nos ayudan a conocer a nuestro Señor y a todos aquellos que vivieron con fe y cuyas experiencias también nos narra la Escritura. El otro sentido de lo extraordinario se refiere a que no está reservado sólo a unos cuantos. Podríamos decir: esta persona es 'extraordinaria'. Y así nos distanciamos tanto que no va directamente conmigo. Lo que le ocurre es solo para esa persona que tiene talento o cualidades que yo no tengo. Podríamos pensar que al ser algo tan elevado hablar de Dios, proclamar su Palabra u oír lo que nos dice al corazón en la oración, esto sólo sería para unos cuantos, como pueden ser los santos, los místicos o los religiosos. No es así, ya que lo extraordinario es para todos.

El hombre ha de querer encontrarse con Dios. Y en el momento que inicia ese camino, estoy convencido que Dios mismo se hace el encontradizo. Quizás no de la manera que nosotros esperamos. Pero igualmente es real y cercano.
Durante la cuaresma, y más ahora en Semana Santa, pedimos intensificar nuestra oración. Sin duda se trata de dedicar más tiempo a la oración, pero también se refiere a disponernos interiormente para que en la medida de nuestras posibilidades y de nuestro entorno no haya nada que nos impida 'oír' y 'hablar' de Dios y con Dios. Los ruidos pueden se externos, y todos entendemos fácilmente que no podemos entender lo que oímos si hay otros elementos de sonido. Pero también pueden ser internos: como pensar solo en mí, o en lo que podría estar haciendo ahora en otro sitio, o lo que he hecho y sigo con el asunto en mi cabeza... Muchas formas de hablar y de oír son posibles, pero no todas valen para el encuentro con el Señor. Jesús de Nazaret se retiraba para orar. En muchas ocasiones a solas, otras con algunos o con todos los discípulos.

Dispongamos nuestras vidas al encuentro con el Señor en la celebración de los misterios más importantes de nuestra fe: el triduo pascual.
Que así sea.




Homilía del Martes Santo (7 de abril de 2020)
Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.

Queridas religiosas, grupos parroquiales, feligreses, queridos amigos y hermanos todos en el Señor.

La lectura de San Juan nos ofrece el anuncio de dos traiciones: la de Judas que terminará en desesperación y muerte; y la de Pedro, que terminará en perdón y misericordia.

La tradición y la religiosidad popular de la Iglesia nos hace ver a Judas Iscariote con malos ojos: es el gran traidor... pero fue escogido para ser uno de los Doce. El depósito de la fe que la Iglesia ha recibido se deposita en el cimiento de los apóstoles. Judas también estaba llamado a ser luz del mundo anunciando el Evangelio. Si hacemos composición de lugar, al estilo ignaciano, nos situamos en Jerusalén, una ciudad llena de fieles que han venido a celebrar la pascua. Gentes venidas de muchas partes con sensibilidades distintas. Todos estaban necesitados de saberse bendecidos y fieles cumplidores de la ley dada por Yaveh al pueblo de Israel. Además, también había otros profetas que se autodenominaban enviados por Dios para llamar al pueblo a la conversión. ¿Cómo saber que en verdad Jesús era el Mesías? ¿no podría ser otro de tantos verdaderos o falsos profetas? Judas participó de la vida pública de Jesús: lo acompañó en sus peregrinaciones, fue testigo de milagros, recibió enseñanzas, etc. ¿por qué lo traicionó? Debía cumplirse la Escritura, pero no resta que él mismo fuera libre para decidir cómo actuar. Tenemos el otro anuncio de la traición: Simón,..., Cefas,... ¡Pedro!. No parece posible, ya que era el primero entre los apóstoles, posiblemente por su carisma, personalidad y fidelidad. Sin embargo, también en él se iba a cumplir la Escritura: todos los abandonarían.
Como decíamos ayer, los acontecimientos van confluyendo para que se consuma la ignominia de la condena a muerte de Jesús de Nazaret.

Hoy nos disponemos a seguir meditando los relatos de la pasión e identificarnos con los protagonistas y también con las consecuencias de sus decisiones. Nosotros somos buenos, fieles, creyentes y practicantes. También nosotros hemos recibido el anuncio del Evangelio y hemos sido llamados al seguimiento del Nazareno. También a nosotros se nos invita a celebrar la Pascua como a los apóstoles... De esta manera, ¿también nosotros lo podemos traicionar? ¿también nosotros podemos caer en la tentación de negarle? Con humildad, creo que hemos de reconocer que sí, que es posible en nuestra vida, la personal de cada uno y la comunitaria como grupo de vida cristiana, en traicionarle y negarle.
Ser llamado a vivir la Pascua es una llamada a fortalecer nuestra fe en lo más profundo e íntimo de nuestro ser y nuestras convicciones. Hemos de dejarnos tocar en el corazón. Os exhorto en este día a meditar sobre nuestra entrega a Jesús. Para la mayor parte de nosotros esto no significa dedicarle más tiempo o hacer más cosas. En analogía tenemos la misma presencia que Pedro y los demás apóstoles: hemos recibido enseñanza, hemos sido testigos de Cristo en la Eucaristía,...se trata más bien de tomar conciencia que también nosotros podemos caer si nuestra fe y voluntad no están totalmente en el Señor.

Judas se arrepintió, pero se desesperó y no confió en el perdón; Pedro se arrepintió, confío en el perdón y recibió misericordia... pedimos para nosotros misericordia y perdón por nuestras infidelidades y pecados.
Que así sea.








Homilía del Lunes Santo (6 de abril de 2020)
Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.


Queridas religiosas, grupos parroquiales, feligreses, queridos hermanos y hermanas todos en el Señor:
La lectura del profeta Isaías nos ofrece los rasgos del siervo sufriente, quien cumpliendo la voluntad de Dios se entrega a ella con disponibilidad y confianza. Son rasgos humanos desgarradores, ya que el sufrimiento y el padecimiento no entran en el horizonte de una vida humana plena. ¿Qué sentido puede tener entregar tu vida, la única que tienes por otras personas que ni te conocen y ni te lo van a reconocer? El amor no mira a quién se ofrece, simple: sencilla y difícilmente se entrega.

En estos días, todos agradecemos la entrega de los sanitarios por los enfermos, de los cuerpos de seguridad por los ciudadanos, de los trabajadores de productos alimentarios y de primera necesidad,..., sus padecimientos se ven compensados con la curación de los enfermos ¡pues cuánto más habremos de agradecer la entrega de un hombre que da su vida en rescate de la de todos para curar el cuerpo y el alma¡
Jesús, el siervo sufriente, acoge la voluntad del Padre y se dispone a entregarse como cordero al sacrificio. Poco a poco las Escrituras nos van disponiendo a los acontecimientos fundamentales. Las profecías del Antiguo testamento se van cumpliendo. Y hoy, María, hermana de Marta y Lázaro, unge a Jesucristo en previsión de lo que está por venir. Todo se está disponiendo.

También nosotros nos vamos a disponer: oración, ayuno y limosna. Y, sobre todo, al igual que el cordero inmolado: entregarnos a nosotros mismos en cuerpo, alma y corazón.
En esta tarde seguimos orando por los enfermos y las víctimas de la pandemia. En el día de hoy quisiera que compartáis la oración por los sacerdotes y religiosas difuntos. Cada día rezamos por todas las víctimas, pero en esta ocasión os pido presentar sus almas al Señor. La mayoría de ellos se infectaron en hospitales, sanatorios y residencias dando consuelo espiritual a sus almas y administrando los sacramentos.
El testimonio de sus vidas es fortaleza para nuestra fe. Que así sea.





Homilía del Domingo de Ramos (5 de abril de 2020)
Antonio Jesús Rodríguez Báez. Párroco de Nuestra Señora de la Asunción Osuna y Director Espiritual de N.H.

Querido D. Mariano, Aniceto y Manuel; queridas religiosas, Hermandad del Dulce Nombre, grupos parroquiales, feligreses, queridos hermanos y amigos todos en el Señor. 

Comenzamos la Semana Santa con la Entrada de Jesús en Jerusalén. Él llega, como todos los judíos, a celebrar la fiesta de la Pascua. Nosotros ya sabemos que son los últimos días de la vida terrena del Señor y que se van a desencadenar unos acontecimientos que lo llevarán a la condena y a la crucifixión.

Siempre es paradójico recordar que aquellos mismos que salieron a aclamarlo como rey en la entrada en Jerusalén, al estilo del gran rey David, pocos días después también lo aclamarán para condenarlo a la crucifixión.

En la proclamación de la Sagrada Escritura nos preguntamos: ¿qué aporta la pasión de Cristo a mi vida cristiana? ¿qué virtudes, qué valores voy a acoger? ¿qué rasgos de la caridad de Cristo voy a hacer míos? La celebración de este Domingo y del Triduo Pascual tienen como fin fortalecer y profesar la fe en la Trinidad. Además esta celebración ofrece el anuncio de la salvación de Dios por la resurrección de Jesucristo para todo el que cree y para todo el que acoge su mensaje. Los frutos de esta Semana Santa no son solo individuales... son para todos. 'Entregó su vida en rescate de muchos' (Mc 10,45).

Es realmente significativo el valor redentor y oblativo de la entrega de la propia vida de Jesús de Nazaret. Los exegetas discuten sobre si Jesús tenía plena conciencia de su condición divina y de si en verdad sabía que entraba en Jerusalén para consumar su vida humana en la cruz. Más allá de esas valiosas aportaciones, a la mayoría de nosotros, como fieles cristianos, ya se nos anunció el Evangelio del Reino de Dios hace muchos años. Nuestra llamada a la conversión es a ser fieles y a perseverar: en la oración, en la comunión con Dios y con la Iglesia, en el testimonio de caridad con los más
necesitados, en anunciar la verdad de Jesucristo a toda persona a quien Dios ponga en nuestro camino. Así como el Señor entregó su vida por nosotros en la mayor ofrenda de amor sin esperar nada a cambio, nosotros también nos entregamos a su voluntad en un camino de vida eterna en este tiempo pasajero.

Ese amor redentor y oblativo de Jesucristo no pide nada a cambio, pero sí busca penetrar en nuestro interior donde habitan nuestras convicciones y donde reside la verdad en el amor de Dios. Hoy como siempre el testimonio de la caridad de los cristianos consiste en amar como Dios nos amó y nos sigue amando en su Hijo Jesucristo. Si traemos esta enseñanza al día de hoy, podemos afirmar que el testimonio de caridad de la Iglesia, que conformamos todos los cristianos, a de ayudar a afrontar los retos de la vida presente, que son muchos, y de una manera urgente los retos de la pandemia que sufrimos. Por otra parte, nos disponemos a afrontar las consecuencias que la pandemia traerá consigo: separación dolorosa de los seres queridos, crisis laboral y económica,..., en definitiva, más pobreza. Aquí es donde está la Iglesia, porque aquí es donde de una manera más auténtica se revela el amor de Dios: en los necesitados. Ahí está la Iglesia, porque ahí está Dios y estamos sus hijos, que somos todos nosotros. Cada gesto de caridad individual, como profesional en el trabajo, como grupo parroquial, como hermandad, como consagrado, ..., es una muestra del amor de Dios y de su Iglesia para con el mundo.

Aquellos judíos que aclamaban a Jesús como rey después gritarán que lo crucifiquen. Parece ser la condición humana: creados a imagen y semejanza de Dios, y por tanto, buenos y bondadosos; pero nos dejamos tentar por el mal, y realizamos maldades. Aclamar a Cristo como rey y señor, no representa hoy para nosotros un gran problema. Otra cuestión es ser siempre fieles a su palabra y a su voluntad. Por esto os exhorto a vivir en todo momento el don de la fe de Dios en la caridad. Os pido que no nos ciegue el pecado y sus consecuencias. Demos testimonio de caridad con los necesitados: familiares, amigos, vecinos, desconocidos, enfermos, sanitarios, agentes de la autoridad, etc. El testimonio de los cristianos construye la Iglesia y la sociedad en la que vivimos, porque ofrecen los valores que construyen el Reino de Dios. Y esa construcción es sólida, porque se fundamenta en la verdad.





En el pórtico de la Semana Santa. 
Antonio Jesús Rodríguez Báez. Director Espiritual de la Hermandad de Jesús Caído.


                                                            HERMANDAD DE JESÚS CAÍDO

                                                                                                                          
                                                                                          Osuna, a 3 de abril de 2020


Queridos/as hermanos/as :

Estamos en el pórtico de la Semana Santa. Para todos nosotros son momentos de inmensa piedad y fe cristianas. No cabe duda que este año la pandemia condiciona todos los ámbitos de la celebración de nuestra Semana Mayor: liturgia, estaciones de penitencia, actos de piedad, etc. Incluso condiciona la movilidad de los ciudadanos, que en estas fechas adquiere tanto dinamismo. Los propios datos de enfermos, fallecidos y personas en paro nos hacen atisbar unos meses duros. Pero todo lo podemos en Aquel que nos conforta,..., parafraseando a San Pablo en su carta a los Filipenses (4,13).

Mis palabras tienen como fin ofreceros fortaleza en la fe para seguir caminando como hijos de Dios. Es muy probable que muchos de vosotros penséis que esta situación parece no acabar y que cuando acabe... ¡qué nos quedará¡. Al comienzo de la Semana Santa acompañamos a Nuestro Señor en su entrada en Jerusalén para disponernos a celebrar la Pascua. Subió a Jerusalén sabiendo que iba a entregar su vida en rescate de la nuestra. Este amor oblativo no se desparrama, sino que adquiere todo su significado en estos momentos de prueba. Os exhorto como vuestro director espiritual a disponeros como creyentes a celebrar estos días como una gracia de Dios.

Oración compartida con la familia humana, con la familia de la Iglesia y con toda la humanidad. Aprovechemos estos días para dedicar un poco más de tiempo a la oración personal. No es perder el tiempo, sino ofrecérselo a Dios... y Dios que ve en lo escondido te recompensará. Dedicar un poco más de tiempo a rezar juntos, bien con la familia cercana en casa, bien compartiendo con otros a través de la televisión, la radio o las redes sociales.

De una manera, sencilla y cercana, también nosotros haremos nuestra estación de penitencia el Jueves Santo, con el rezo del Via Crucis y con la participación en los Oficios de la parroquia, si así lo decidís. Estrecharemos nuestros vínculos de comunión a partir de la oración y la liturgia de la Iglesia.

En los Oficios del Jueves Santo celebramos el día del 'amor fraterno'. Dice la Escritura: 'tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de ellos que creen en él, sino que tengan vida eterna' (Jn 3,16); 'no hay amor más grande que dar la vida por los amigos' (Jn 15, 3); 'amaos unos a otros como yo os he amado' (Jn 13,34); 'quien quiera ser el primero, hágase servidor de todos' (Mc 10,44). Estas citas no son sólo bellas palabras y deseos utópicos de una vida que nunca alcanzaremos. En estos días se hacen cercanas y creíbles. Jesucristo nos las ofreció con el testimonio de su propia vida, y con el convencimiento que si nuestra fe es sincera y confiada, también nosotros amaremos en la misma medida. Este camino de caridad es un camino de plenitud humana y cristiana que ahora en esta Semana Santa todos deseamos realizar.

Os invito a confiar en Dios y a aprovechar todos los medios que nos ofrece nuestra Iglesia y nuestra Hermandad para una celebración fructífera de la Semana Santa. También os encomiendo a Nuestro Señor Jesús Caído y a nuestra Madre de los Dolores.

Un abrazo.




Testimonio de conversión. Gianni G. Médico en Lombardia.

"Ni en las pesadillas más oscuras imaginé que podría ver y vivir lo que está pasando aquí en nuestro hospital desde hace tres semanas. Parece una pesadilla, el río se está haciendo más y más grande. Al principio vinieron algunos, luego decenas y luego cientos y ahora ya no somos médicos, sino que nos hemos convertido en clasificadores en la cinta y decidimos quién vive y quién debe ser enviado a casa a morir, aunque todas estas personas han pagado impuestos italianos toda su vida.

Hasta hace dos semanas, yo y mis colegas éramos ateos; era común porque somos médicos y aprendimos ciencia, donde se enseña excluir la presencia de Dios; Algunas veces me reí de mis padres yendo a la iglesia. 

Hace nueve días un  sacerdote de 75 años vino a nosotros. Hombre gentil, tenía problemas respiratorios, pero tenía una Biblia con él y nos impresionó que les leyera a los moribundos que acababan cogiéndole de la mano. Al estar todos los médicos cansados, desanimados, psicológicamente y físicamente terminados, cuando teníamos tiempo íbamos a escucharlo. Ahora tenemos que admitirlo: nosotros como humanos hemos alcanzado nuestros límites; más no podemos hacer, y cada día mueren más personas. Y estamos agotados, ya tenemos dos colegas que han muerto y otros están parados. Nos dimos cuenta que donde termina lo que el hombre puede hacer, necesitamos a Dios y nos comenzamos a preguntar cuándo teníamos algunos minutos libres. Hablamos entre nosotros y no podemos creer que de los que antes éramos ateos feroces hemos comenzado a creer y venido diariamente para encontrar nuestra paz, pidiéndole al Señor que nos ayude a resistir para que podamos cuidar a los enfermos.

Ayer partió con mucha paz a la presencia de Dios el sacerdote de 75 años. A pesar de que tuvimos más de 120 muertos en 3 semanas aquí, todos habríamos acabado destruidos pero el anciano sacerdote logró, por medio de la palabra y su fe, mostrándonos su amor y gentileza durante su estancia aquí, traernos una paz que ya no esperábamos encontrar. Hay una Luz de esperanza y salvación. El sacerdote  se fue con el Señor y pronto lo seguiremos. No he estado en casa desde hace 6 días, no sé cuándo comí por última vez, y me doy cuenta de mi inutilidad en esta tierra y quiero dedicar mi último aliento en ayudar a los demás. 

Estoy feliz por la esperanza al haber conocido a Dios, sirvo y oro por el prójimo mientras estoy rodeado por el sufrimiento y la partida de mis semejantes, pero al tener en nuestros corazones a Dios tenemos la esperanza de la vida eterna". COMPARTIMOS ESTE TESTIMONIO PARA QUE SEPAN QUE DIOS ESTA OBRANDO EN TODO Y EN TODOS... 





Cuarentena en cuaresma. Reflexión Anónima

¡¡ Que grande y poderoso que es Dios !! Quién diría que en el 2020, en un cerrar y abrir de ojos, nos igualaría  a todos:  europeos, asiáticos, americanos. Norte y Sur. Países del primer, segundo y tercer mundo. Clases altas y bajas. Ricos y pobres. Todos iguales. Nos creíamos superiores a otros, pero ahora mismo nadie está en un eslabón más arriba, todos estamos abajo y temerosos. No importa estatus, dinero, poder, raza, cultura, origen, ...¡¡Nos igualó a todos!! 

Hoy Dios nos muestra que Él es el dueño de nuestras vidas. Nos puso en cuarentena en Cuaresma. El tiempo de preparación por medio de la oración, el ayuno y la limosna, que nos ayudan a reflexionar sobre nuestras propias vidas, que nos acerca al encuentro con Él, y con nuestro prójimo. 

¿Casualidad? Los que no creen dirán que sí, pero el mundo se ha parado de repente y nos da un revolcón inesperado. ¿Alguien se lo podía creer si se lo hubiesen contado antes? Nadie podía preverlo. En la era de las nuevas tecnologías y del avance científico todos estamos en sus manos. Todo se ha vuelto relativo, nos hace replantearnos nuestros valores y cambiar nuestra mirada hacia lo que verdaderamente importa. Nos hace vivir en familia, valorar como nunca las necesidades básicas, todo lo extraordinario que teníamos y no éramos capaces de apreciar. Nos hace dejar de prestar atención a todo lo irrelevante, a lo material. ¿No te parece una gran lección que nos da la vida? 

Hoy nos llega un virus que nos enfrenta a nuestros miedos, a lo desconocido, a la enfermedad, al sufrimiento e incluso a la muerte. En esta cuarentena en cuaresma, danos la Luz de tu Espíritu y haz que podamos superar esta dura prueba, ten misericordia de nosotros y del mundo entero. ¡¡Te lo pedimos Señor!!





Bendición y reflexión. Viernes 27 de marzo de 2020. Cuaresma

Mc 4, 35-40

Este día, al atardecer, les dice: «Pasemos a la otra orilla.» Despiden a la gente y le llevan en la barca, como estaba; e iban otras barcas con él. En esto, se levantó una fuerte borrasca y las olas irrumpían en la barca, de suerte que ya se anegaba la barca. El estaba en popa, durmiendo sobre un cabezal. Le despiertan y le dicen: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» El, habiéndose despertado, increpó al viento y dijo al mar: «¡Calla, enmudece!» El viento se calmó y sobrevino una gran bonanza. Y les dijo: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe? Se quedaron espantados, y se decían unos a otros: "Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!"


REFLEXIÓN:

El Santo Padre empieza hablando del tiempo cronológico que es la tarde, lo que significa el declinar del día. Esto es muy importante puesto que manifiesta la caída de algo, lo tenebroso, algo que no gusta, puesto que para el ser humano que es hijo de la luz la oscuridad y todo lo que conlleva este aspecto temporal manifiesta un tiempo que viene de parte del mal. Por lo tanto, que el evangelista ponga este aspecto es un preludio de lo que va a acontecer; algo escabroso y malicioso va a suceder. Por ello, el Santo Padre lo recalca para hacer más notorio que es un tiempo difícil en el que estamos y sobre todo, el que nos vamos a encontrar a todos los niveles. Pero también nos señala que es un momento favorable para la oración: nos insta de nuevo a que todos recemos juntos, como se encontraban en aquel instante del evangelio.

Habla Francisco del momento en que los discípulos se ponen nerviosos y le increpan a Jesús: “¿no te importa que nos perdamos?”, y nos dice que la tempestad desenmascara nuestra debilidad, nuestros miedos, pone al descubierto todo lo que es y ha sido nuestras seguridades, olvidando que para nosotros la verdad de lo que somos es la ayuda al prójimo, como se esta viendo a lo largo y ancho de todo el orbe.

Es el Señor el que ha manifestado a toda la humanidad su objetivo último, la salvación de todo; la regeneración de todo lo creado, de ahí que nos inste en estos momentos a darnos cuenta que los que nos hemos perdido en este proyecto hemos sido nosotros, dejando de lado el grito del pobre que clama el abuso de un mundo obsceno y negativo que se aprovecha de todo lo débil.

En la cuaresma, el Señor nos habla de la conversión desde la fe, por ello es necesario que se tenga fe. No es tiempo de emitir juicios, ni de vivir de nuevo diciéndole a Dios que no es él el que está a la altura, pienso, sino, como dice el Papa, es tiempo de “REIMPOSTARE”, de ajustarnos a lo que nos toca y de ponernos a servir a los demás. Es la vida del Espíritu Santo que vive en nosotros la que nos ayuda a salir de la vida de cada uno para proyectarnos en las necesidades de los demás. De ahí que todos los técnicos y personas que se dedican al cuidado de los otros estén dando su vida: son los Santos de la puerta de al lado, como decía el Santo Padre en una entrevista.

Un tiempo a ser una sola cosa; a intentar ser un solo hecho: la realidad de un cuerpo que trabaja por hacer el bien en este mundo. De todo esto, dice el Papa, que la oración nos ayuda. Nos invita a meter, para ello a Jesús en nosotros; en nuestras cosas de cada día, porque lo que quizás haya fallado sea el dejarnos llevar por el mundo y sacar con ello a Jesús de nuestras vidas. Nos invita Francisco a “meter a Jesús dentro de nuestros miedos porque con Él dentro no se va al naufragio”. Porque con Dios la vida no muere nunca. Esta es la invitación del Señor, a que seamos solidarios sobre todo en estos momentos en que parece que se va al naufragio. Y no es así, ya que tenemos como guía a Dios, como timón la cruz, y como viento toda la fuerza de la santísima trinidad que descansa porque no va con ella tener miedo, al contrario, muestra la fuerza a pesar de nuestros agobios y dejadeces.

Abrazar su cruz es abrazar todas las contrariedades del mundo para potenciar el valor del hombre que es capaz de amar, dando hospitalidad, fraternidad y solidaridad. Abrazar al Señor es alcanzar la esperanza de que con él todo se puede. Por eso, ¿por qué tenemos miedo y no tenemos fe?


Acabo esta reflexión con las palabras del mismísimo Santo Padre:

«Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza. “¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?”. Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios. Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: “No tengáis miedo” (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).»

Mucho ánimo, hermanos y hagamos de este tiempo un momento bueno y propicio para crecer en ser Santos con el Altísimo.

Un abrazo. D. Raúl. Párroco del la Victoria.





"Una cuaresma difícil de olvidar". Aniceto Vadillo

Nuestro hermano y estudiante en el Seminario Diocesano, Aniceto Vadillo, nos regala esta magnífica reflexión cuaresmal en estos tiempos tan inquietantes.


“Dulce Redentor, mis pecados tu hombro oprimen, ya lloro mis culpas y pido perdón. Madre afligida, de pena hondo mar, logradnos la gracia de nunca pecar”

 

Ya han pasados unas semanas de esta cuaresma de la que estoy seguro no será fácil de olvidar. Los tristes acontecimientos no deben despistarnos de que estamos ante un tiempo de preparación y conversión en el que nos abrazamos a la cruz de Cristo en la búsqueda de su perdón y reparación de nuestros pecados. Es necesario preparar nuestro corazón para los días en que conmemoraremos la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo.

 

Este año no olerá a incienso la Iglesia de Santo Domingo, ni veremos ese monte de lirios, ni a Nuestra Madre sobre ese palio de flores, tampoco plancharemos nuestras túnicas, ni serán amarradas las almohadillas… pero no olvidemos que todo eso no agota la Semana Santa. Cristo no se agota. Él vive para siempre y nosotros no somos meros espectadores de ÉL, sino que formamos parte de Él. Déjale entrar en tu corazón, permítele que cambie tu vida, que te enseñe a descansar en Él para que cuando lleguen esos días en los que la cruz venga a nosotros, nuestro corazón no tiemble, porque estando a su lado, no tenemos nada que temer.

 

Recemos por la pronta regresión de este virus, por los enfermos, por los sanitarios, por las familias afectadas, por la economía del país y porque deje de haber afectados. Nuestras oraciones no caen en “saco roto”. Aunque este la Iglesia cerrada por motivos de seguridad sanitaria, recuerda el Evangelio de Mateo:

"Cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve En lo secreto, te compensará” (Mt 6, 6)

Este año Jesús volverá a caer. Y lo hará en cada uno de nuestros corazones. Nosotros (los caídos) ya lo sabemos…. cada vez que caemos, vuelve a caer con nosotros… y lo hace para levantarnos, para entregarnos su Espíritu y agarrarnos fuerte de su mano.  Hermanos, hagamos de esta atípica cuaresma y Semana Santa un instrumento para acercarnos al Señor y que esa cercanía sea para siempre. Dejémonos guiar por Nuestra Madre de los Dolores, que no cesa de interceder por nosotros “sus caídos hasta la eternidad”. 





"La Semana Santa no se suspende". Anónimo

Compartimos esta reflexión que un hermano cofrade igualmente comparte en redes sociales:

La Semana Santa no se suspende. 
La Pasión y Muerte de Cristo no se suspende. 
La celebración de la Resurrección de Cristo no se suspende. 
La Fe no se suspende. 

Se podrán suspender las salidas procesionales, los nazarenos camino de sus templos, los costaleros enfajandose y preparando el costal, los músicos afinando sus instrumentos, los priostes colocando la cera, los diputados de tramo formando el cortejo, la gente en las puertas de las Iglesias y en las esquinas esperando el paso de la cofradía, los niños con sus bolas de cera... eso se podrá suspender, es triste, si y mucho y más para los que llevamos todo el año esperando esta bendita semana, pero lo que nunca se podrá suspender es la estación de penitencia interior que debe prevalecer, siempre, por encima de todo.

La Semana Santa no es un paso en la calle, la  Semana Santa es la conmemoración de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo y eso, ni se puede ni se podrá suspender..!!!




"No olvidemos que estamos en tiempo de cuaresma". Anónimo

Vamos a inaugurar esta sección con este mensaje que, sobre las alarmantes circunstancias que se derivan de la emergencia sanitaria declarada en estos días, nos hace llegar una hermana a través de las redes sociales para nuestra reflexión: 

"Después de tanta foto, supermercado, carros de comida apocalípticos, aeropuertos vacíos, gente con mascarilla, personas que se lo han tomado a la ligera y otras que están aterradas..... 
Sí, nos estamos quedando sin actos en nuestra ciudad, en nuestras hermandades, sin muchas cosas....
Pero no olvidemos que estamos en tiempo de cuaresma. La primera "cuarentena" la pasó EL SOLO EN EL DESIERTOQue vivamos estos días con alegría de poder pasar tiempo en casa, con nuestra familia, de tener unidad en nuestro país, en nuestra sociedad, que tanta falta nos hace. De rezar no por uno mismo, sino por los demás..."



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