Entre la cofradía y la intendencia (y II)

NUEVOS DATOS SOBRE EL FUNDADOR DE LA HERMANDAD DE NUESTRO PADRE JESÚS CAÍDO


En esta segunda parte tenemos la satisfacción de poder compartir diversa correspondencia inédita, encontrada en los archivos históricos de la nobleza. De su naturaleza deducimos que nuestro protagonista, ubicado en Osuna como emplazamiento geográfico y económico absolutamente estratégico, desarrolló una prolija intendencia con ciertas casas nobiliarias del interior de Andalucía.

Como ya vimos en la entrega precedente, don Manuel de Ábalos Pimentel y don Francisco García Calvo (sobrino y tío respectivamente), conformaron un singular tándem, pues compartieron oficios e intereses comunes relacionados con distintos estamentos de la nobleza. Este grado de relación, que se documenta en la correspondencia comercial que veremos, debe explicarse por una sencilla cuestión temporal. Es decir, pensamos que ambos pertenecían a una misma generación o, al menos, serían de edades cercanas, aunque el parentesco familiar nos hiciera pensar en un mayor desfase.

Un personaje excepcional

En el ejercicio de las funciones que se le atribuyen, estamos convencidos de que Ábalos tuvo que ser hombre de recursos y grandes dotes personales. Tal y como se deduce de la brillante redacción que realiza de las constituciones fundacionales de la Hermandad en los albores de la centuria dieciochesca, es obvio que poseía una recia formación religiosa y una rica preparación cultural. Junto a estos valores y capacidades, sin duda debió ser un personaje altamente carismático y distinguido en la sociedad ursaonense. En la Villa Ducal contó con buen ascendiente en el clero y, más en particular, un notable influjo en la orden mercedaria.

Por si fuera poco, ya vimos en la primera parte que, en 1702, mediante Provisión del monarca Felipe V, se le  dio traslado al VI duque de Osuna, Francisco Téllez-Girón, y a Alonso de Toledo, alcalde mayor de Osuna, «que no hubiera más ministerios que los referidos», para reconocer así a Francisco García Calvo -su tío- como único alguacil mayor de la Villa, «junto a los dos que él nombrase». Esta potestad convertiría al sobrino en su mano derecha.


Los duques de Osuna entre 1678 y 1733

Durante la trayectoria vital de nuestro protagonista ocupan la Casa de los Téllez-Girón hasta 3 titulares consecutivos, que van heredando tal distinción y sobre los que apuntaremos aquí una breve reseña.

Don Francisco María de Paula Téllez-Girón y Benavides, VI duque de Osuna y X conde de Ureña, nació en Madrid en 1678. Estuvo alineado en favor de la causa borbónica y fue hombre de confianza de Felipe V. Ejerció de capitán general del Ejército y Costas de Andalucía entre 1706 y 1710. En 1712 pasaría a ser embajador en Francia. Este mismo año tuvo que recurrir a sus más altas influencias para controlar -desde París- un fuerte motín antiseñorial con asesinato del gobernador en su mismísima Villa Ducal.

Tras su fallecimiento en 1716 sin hijo varón, el ducado fue heredado por su hermano José María Joaquín, VII duque de Osuna, XI conde de Ureña y VII marqués de Peñafiel, entre otros títulos. Es sabido que este duque financió las obras de remodelación de la capilla mayor de la Colegiata de Osuna entre 1721 y 1724. Llegó a alcanzar el grado de teniente general de los Reales Ejércitos y ejerció de notario mayor de los reinos de Castilla.

Al fallecer, en 1733, sus restos fueron trasladados al panteón ducal de la iglesia colegial de Osuna y depositados en la capilla de Nuestra Señora del Reposo. Sus títulos pasaron a su hijo Pedro Zoilo, VIII duque de Osuna. Sin embargo, debido a su minoría de edad, la Casa ducal estuvo regentada varios años por su madre, Francisca Pérez de Guzmán el Bueno.

Como sus ascendientes, desarrolló una importante carrera militar y diplomática. Llegó a obtener las más elevadas distinciones honoríficas, como la Gran Cruz de la Orden de Carlos III y la de la Orden del Toisón de Oro. Falleció el 1 de abril de 1787, Domingo de Ramos. Sus restos fueron trasladados a la iglesia colegial de Osuna en 1849.

La administración del ducado

La ocupación de cargos de alta jerarquía en el Reino hizo que los duques, absortos en elitistas carreras militares y diplomáticas, permanecieran alejados de su Villa y de sus intereses particulares. En esta coyuntura, la necesidad de comisionar la administración del señorío en gobernadores y funcionarios locales dedicados a ese fin resulta una obviedad.

Al entroncarse los linajes con los distintos matrimonios, el patrimonio ducal aumentó sus posesiones progresivamente. Tal era el caudal y la extensión de tierras, casas, fincas, haciendas y castillos, que hubieron de dividir su gestión en «administraciones», una por cada pueblo, con una práctica de explotación basada en arrendamientos de tierras y cultivos mayormente. Con este vasto panorama mercantil, no quedaba otra que delegar en personal de su confianza la gestión administrativa de tantos territorios como poseían en estos ajetreados tiempos. No en vano, nuestro protagonista ha sido identificado como «intendente general de los duques de Osuna»; sin duda, una posición privilegiada, pero no exenta de gran responsabilidad.


La correspondencia de 1736-1740 con el marqués de Algarinejo

Podemos dar cuenta de que don Manuel de Ábalos -calculamos ya en edad avanzada- mantuvo una comunicación particularmente fluida con don Juan Andrés Fernández de Córdoba y Morales, III marqués de Algarinejo (1674-1743), titular de los mayorazgos de Lisón, Coronel y Contreras, Señor de la Real Villa de Zuheros y las Navas, caballero de la Real Maestranza de esta ciudad, Regidor perpetuo de Loja y de Motril, y marqués consorte de Cardeñosa.

Desconocemos bajo qué circunstancias se forjaron estas buenas relaciones comerciales y personales entre el fundador y el marqués. Tal vez las raíces familiares granadinas y la ubicación de un municipio que limita con Montefrío, Loja y Zagra, en Granada, y con Iznájar y Priego de Córdoba, en Córdoba, pudieron convertir este señorío en interesante objetivo mercantil. Pero, al mismo tiempo, se evidencian otros vínculos más personales con el marqués. 

Procedentes del Archivo Histórico de la Nobleza, vamos a resumir los singulares documentos localizados en este periodo con protagonismo de Ábalos y de García Calvo.

Iniciamos este apartado mostrando un peculiar documento, fechado en 10 de febrero de 1736.  En él se detalla un asunto económico que ambos personajes suscriben como parte directamente interesada. En concreto, se trata del escrito donde se formalizan las obligaciones de un préstamo, previamente conveniado con el marqués de Algarinejo, prueba inequívoca de las excelentes relaciones establecidas con este señorío. Puede decirse que nadie presta dinero sin que exista un compromiso anterior, dando por sentado un margen de confianza que lo justifica. 

«Acuerdo por el se comprometen a pagar a Juan Andrés Fernández de Córdoba Morales, III marqués de Algarinejo 3.000 reales de vellón que éste les prestó».


Del mismo periodo, entre los meses de enero y abril de 1736, localizamos otras misivas, emitidas desde Cádiz, sobre cuestiones burocráticas y de ámbito más privativo. 

«Cartas remitidas por Manuel de Ávalos (...) al III marqués de Algarinejo (...) en las que se tratan asuntos administrativos y particulares».

Tres años después, a 5 de octubre de 1739, hallamos otros escritos dirigidas al marqués. Esta vez enviados sólo por el fundador y desde la Villa Ducal. Nuevamente se abordan aspectos de intendencia, pero también cuestiones propias de una esfera más personal.

«Correspondencia remitida por Manuel de Ávalos a Juan Andrés Fernández de Córdoba Morales, III marqués de Algarinejo desde Osuna (Sevilla), interesándose por su salud así como diversos asuntos administrativos».

Un año después, en fechas 10 de febrero de 1740 y 20 de diciembre de 1740, vuelve a mostrarse distinta correspondencia enviada al III marqués de Algarinejo, desde Sevilla y Osuna, por Manuel Ábalos y Francisco García Calvo -entre otros-, «por asuntos administrativos y personales».




Una misiva inesperada

De la relación cronológica anterior extraemos una correspondencia que nos merece una especial atención. Nos referimos a un escrito fechado en 17 de octubre de 1739.

«Carta remitida por Manuel Ábalos Pimentel al III marqués de Algarinejo como encargado de la compra del trigo (...)» 

Este manuscrito del hermano fundador nos resulta particularmente interesante por varios motivos. Por una parte, se constatan las destacadas responsabilidades encomendadas en la administración del señorío (intendencia si se prefiere), quedando empoderado literalmente como «el encargado de la compra del trigo para el marqués».

Rúbrica de Manuel de Ábalos
Rúbrica de Manuel de Ábalos

Como dato curioso, en el documento se observa otra llamativa variante de su nombre y rúbrica, ahora del siguiente modo: «Manuel de Ábalos Haurigui (o Hauregui) y Pimentel». Así, vemos que se añade otro apellido más, totalmente inédito hasta la fecha. 

Tal como se observa se trata de una signatura esmerada y formal, muy cuidada en todos los detalles. Como si se tratase de la firma de una tarjeta de presentación comercial.


Parentesco con los condes de Cabra

Pero no es la única sorpresa que contiene esta última misiva que desmenuzamos. Además de dar cuenta de los aspectos puramente comerciales con el marquesado, nuestro personaje relata un inesperado parentesco con los condes de Cabra.

Don Manuel de Ábalos y el X conde de Cabra también fueron coetáneos. Desde el desposorio de nuestro protagonista, en 1676, hasta la muerte de don Francisco Fernández de Córdoba y Pimentel, en 1688, transcurrieron doce años.

Este conde, entre otros títulos nobiliarios, era hijo de don Antonio Fernández de Córdoba y de doña Teresa Pimentel, hija de los duques de Benavente, cuyo título nobiliario fue concedido por el rey Enrique IV de Castilla en 1473 a favor de Rodrigo Alonso Pimentel y bisnieto de Juan Alfonso Pimentel, caballero de origen portugués al servicio de la Corona de Castilla, a quien el rey Fernando III de Castilla concedió el Condado de Benavente. 

En este complejo entramado de linajes, ¿alude el fundador a la rama materna «Pimentel» de la condesa de Cabra? En tal caso, ¿pudo llegar a estar verdaderamente emparentado con la Casa de los Pimentel al que pertenecieron los duques de Benavente?

Independientemente de la veracidad o tino del parentesco aristocrático que relata don Manuel de Ábalos y Pimentel al marqués de Algarinejo, si pudiéramos tirar de una imaginaria madeja nobiliaria de la Casa Pimentel, sus hilos -en forma de descendencia familiar- nos conducirán años más tarde hasta el nacimiento de la mismísima doña María Josefa Alonso Pimentel y Borja, en 1752. Esta dama ejercería como XV condesa de Benavente y IX duquesa de Osuna al emparentar con su primo don Pedro de Alcántara Téllez-Girón.

Con la gran duquesa consorte se alcanza el período de máximo esplendor de los Téllez-Girón, reuniendo el mayor número de títulos nobiliarios y propiedades de la historia. Se cuenta que los duques llegaron a disponer de más de un centenar de personas a su servicio, entre administradores, mayordomos, lacayos, cocineros, jardineros y aquellas que se ocupaban de las casas del campo.

Pero la condesa-duquesa no destacó únicamente por la grandeza de su alta alcurnia, sino también por ejercer su mecenazgo en el mundo de las artes y la cultura en la capital del Reino.  En especial favoreció la carrera artística del genial Francisco de Goya.

Años antes del nacimiento de esta extraordinaria mujer de la aristocracia española, los restos mortales de don Manuel de Ábalos y Pimentel debían reposar en alguna iglesia de la Villa. Quien sabe si compartiendo descanso eterno con sus tíos en la misma capilla que, en torno a 1705, ellos mismos le cedieron en la Merced para fomentar el culto a la nueva imagen de nuestro divino pastor Jesús Caído.

Cuando redactamos el cierre de esta publicación, la búsqueda en el archivo de la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción del histórico documento que certifique la fecha de defunción del hermano fundador ha resultado infructuosa.. No obstante, no descartamos su posterior hallazgo que mostraríamos en una tercera entrega.


J.C.M.  10/07/2021





CONTRERAS CONTRERAS, J.: Las formas de explotación en la Andalucía del siglo XVIII: Los Estados de Osuna. La Economía agraria en la Historia de España. Propiedad, explotación, comercialización, rentas. Gonzalo Anes Alvarez et al, edit. Alfaguara. Madrid, 1979. pp. 227-237.

RAMIREZ OLID, J.M.: Osuna durante la restauración (1875-1931). Vol. II. Pág. 763

Archivo Histórico de la Nobleza (Portal PARES) VV.DD.

Real Academia de la Historia. https://dbe.rah.es