La Columna | J.C.M.  9/01/2026

El libro de visita de 1695

Una inspección pastoral a Osuna durante los días 1 y 2 de abril de 1695, realizada por don Joseph de Villota y registrada en el «Libro de Visita» nº 1343 del Archivo del Palacio Arzobispal de Sevilla, nos va a permitir detenernos en el excepcional y piadoso contexto local donde se fraguaba la Cofradía de Jesús Caído. Justo la década anterior a la obtención del reconocimiento eclesiástico o fundación oficial propiamente.

Todo ello gracias a un valioso artículo de José Sánchez Herrero —«La villa y su gobierno ducal. La Iglesia y la religiosidad (1695-1739)», publicado en Osuna entre los tiempos medievales y modernos (siglos XIII-XVIII), coord. por Manuel García Fernández y Juan José Iglesias Rodríguez, 1995, págs. 363-388—, que nos permite acceder a los curiosos antecedentes que aquí se reseñan.

Por aquel tiempo, la población de la villa era de unos cinco mil vecinos «desahogados y cavilosos», con dos clanes familiares fuertemente enfrentados los unos a los otros. Por una parte, «los Valderrama y Ceballos»; por otra, «los Cepeda y Ayala». No se detalla el motivo de la discordia, probablemente ligado a disputas por la gestión de tierras o intereses económicos, habituales en las discrepancias familiares a lo largo de la historia.


El VI duque y el primer cura de Osuna

El año de 1695, don Francisco María de Paula Téllez-Girón y Benavides —VI duque—, era el titular de la Casa Osuna en el contexto del final del reinado de Carlos II, una época de crisis política y sucesoria en España. Acababa de heredar el ducado tras la muerte de su padre, Gaspar Téllez-Girón y Sandoval, en 1694.

El joven duque actuaba como Señor de la Villa con tan sólo 19 años. Para su gobierno se valía de una estructura formal compuesta por un corregidor —don Alonso Francisco de Palacios— y dos alcaldes. Uno por el estado noble —don José de Cepeda—, y otro por el plebeyo —don Juan Romero—, cuyos nombramientos eran muy recientes.

El Estado ducal contaba también con una Audiencia, donde ejercían dos jueces: don Francisco de Mesa «doctor en cánones y clérigo particular de la iglesia colegial» y don José de Clavijo. El gobernador de la Audiencia era don Bartolomé de Angulo y Bohórquez. La validez de este ámbito legal dependía del vasallaje que aceptaran los litigantes, pues si los pleitos eran llevados a la Real Chancillería de Granada, todo lo dictaminado en la Audiencia ducal se declaraba nulo por defecto de jurisdicción. 

El duque era también el patrono eclesiástico único de la villa y sus aldeas, con sus escasos habitantes y estado general de pobreza —El Saucejo (70 vecinos); Los Corrales (50); Majada Honda (40); Martín de la Jara (80); Mezquitillas (24); Nava Redonda (30); Villa Nueva de San Juan (50)—, cuyo conjunto formaba la vicaría de Osuna. El vicario, don Sebastián de Mérida, «presbítero de 48 años y doctor en cánones por la Universidad de Osuna», resultaba ser la única dignidad eclesiástica que no dependía de la aprobación del duque. 

En el ejercicio de su patronazgo, el VI duque de Osuna tenía competencia para administrar los diezmos y validar los cargos eclesiásticos de la iglesia colegial de Nuestra Señora de la Asunción —única parroquia—, donde se reunía todo el clero secular de la villa, muy numeroso.

El cabildo colegial estaba compuesto por un abad, cuatro canónigos dignidades, diez racioneros y otros diez canónigos. De estas 25 figuras, al duque le correspondía percibir diezmos. En compensación, les surtía de cierta cantidad de grano.

Fuera de la estructura del cabildo colegial, la nómina de ocupaciones vinculadas a la parroquia es aún más extensa. Suma y sigue: 22 clérigos particulares, 4 presbíteros, 8 mozos de coro, 2 mozos de fábrica, más los capellanes del Sepulcro con su capellán mayor y los miembros de la capellanía de la música, sin determinar número exacto. También se reseña el cargo del colector, que parece ser el administrador de las misas, que en 1695 es ejercido por don Alonso González Coronel, al que se denomina como «primer cura de Osuna».

Si a todas estos cargos u ocupaciones clericales les sumamos el número de frailes y monjas residentes en las diferentes órdenes asentadas en la villa —que veremos a continuación—, la cifra de religiosos presentes se aproxima al medio millar. Lo cual supone casi un 10% en relación a la población total que refiere encontrarse el visitador en las postrimerías del siglo XVII.

También se reseña el cargo del colector, que parece ser el administrador de las misas, que en 1695 es ejercido por don Alonso González Coronel, al que se denomina como «primer cura de Osuna». 

Conventos masculinos

El inspector clerical prosigue su concentrada agenda pastoral. Lejos de importunar o causar rechazo parece ganarse con diligencia la confianza de los visitados, según se deduce de las curiosas anotaciones y testimonios registrados. Para no ser muy prolijos, extraemos sólo algunos detalles de su paso por las numerosas órdenes religiosas asentadas en la villa .

El convento de Santo Domingo contaba con 44 religiosos y el prior de la Orden de los Predicadores era fray Juan Grosso, al que «no lo han aceptado» por tenerlos «muy a raya» y «quieren traer a otro que los deje vivir con más libertad».

San Francisco estaba integrado por 30 franciscanos observantes, siendo su prior fray Juan de Alfonseca, al que «le falta el don de gobierno» pues «ha tenido el convento dividido en dos bandos con no poco escándalo».

En el cenobio de San Agustín, bajo la advocación de Nuestra Señora de la Esperanza, residían 32 agustinos observantes, siendo fray Francisco de Espinosa su prior desde hacía pocos días y del que «dicen que es buen hombre».

El convento de Nuestra Señora del Carmen acogía a 24 carmelitas calzados. Fray Juan Recio era su prior, «hombre virtuoso y docto, gobierna bien sus frailes».

En las instalaciones de Nuestra Señora de la Victoria hacían vida 16 mínimos de San Francisco de Paula, comandados por fray Juan de Vega, del que dicen «tiene adelantada la casa».

La Tercera Orden Regular de San Francisco en el convento de Nuestra Señora de Consolación, estaba representada por 26 religiosos, bajo el ministerio de fray Diego Cuadrado, quien «hace pocos días se nombró y todavía no ha venido».

Del Sancti Spiritus se dice que «es una casa pobre» y cuenta sólo con 7 canónigos regulares del Espíritu Santo. Su prior era don Pedro Linero, «sujeto de corta capacidad y poco propósito para prelado».

En San Juan de Dios vivían 12 religiosos para la administración del hospital e iglesia con la advocación de Nuestra Señora de la Luz. Fray Antonio Pérez de Cuenca era su prior, «hombre de viveza y actividad (...) trata bien a los pobres, atendiendo en los posible su curación».

La casa de la Compañía de Jesús en la iglesia del Real, con la advocación de San Carlos, estaba integrada por 10 religiosos, siendo el rector de estos jesuitas don Matías de Valbuena, del que «dicen que es docto y virtuoso, aunque corto de natural».

En el convento de Nuestra Señora de la Merced se cuentan 18 frailes mercedarios descalzos que «viven bien». El padre comendador era fray Francisco Caravaca, quien «hace pocos días se nombró y todavía no ha venido».


Conventos femeninos

El convento de la Concepción acogía a 64 monjas que «parece viven con recogimiento». Sor Maríana Morillas, «mujer anciana y de buen gobierno», era la abadesa de las concepcionistas.

De Santa Catalina no se registra cuántas religiosas dominicas había concretamente. Su priora era sor Gregorio de Paz, «virtuosa y de buen gobierno». 

En San Pedro residían 26 religiosas carmelitas que «viven bien». Como abadesa ejercía sor Andrea Paz y Mérida, «monja virtuosa, pero de poco espíritu para prelada y de corta capacidad».

En Santa Clara vivían 40 religiosas, siendo su abadesa sor María Jaramillo, de la que «dícenme que no gobierna mal».

En el monasterio de la Encarnación se encontraban 18 religiosas mercedarias descalzas, siendo su comendadora sor Beatriz María de la Santísima Trinidad, «mujer capaz, discreta y de buen gobierno». El convento se encuentra «muy recogido y de virtud».

Fiestas, devociones litúrgicas y cofradías

En cuanto a cultos externos con salidas procesionales, la Semana Santa de 1695 se reducía a tres solemnes jornadas. El Miércoles Santo realizaba su estación de penitencia la Cofradía de la Humildad y Paciencia, con sermón de Pasión. De forma similar, lo hacían la Cofradía de la Vera Cruz el Jueves Santo y la Cofradía de Jesús Nazareno el Viernes Santo.

La Cofradía del Santísimo Sacramento de la colegial realizaba «fiesta solemnísima» para el Corpus Christi; al igual que la Cofradía de San Sebastián en su ermita. La festividad de San Pedro también tenía una especial celebración «con una larga vigilia».

En cuanto a fiestas marianas, destacan tres solemnidades: la Asunción de María —titular de la iglesia parroquial—; la festividad de Nuestra Señora del Rosario, celebrada por su cofradía el primer domingo de octubre; y la festividad de la Pura y Limpia Concepción de María —el 8 de diciembre—, también por su cofradía.

La devoción a las Benditas Ánimas del Purgatorio encuentran especial cobijo en la villa, con la presencia simultánea de tres cofradías con sede en la iglesia colegial, convento de San Francisco y convento de San Pedro.

Con respecto a las numerosas cofradías activas de la villa, De Villota realiza un curioso inventario con datos tan minuciosos como las previsiones de ingresos por «limosnas, averiguaciones y entradas de hermanos» y gastos de cada una de ellas. 

Puede verse un resumen en la imagen inferior.

1965, José de Mora

Como decíamos al inicio, las anotaciones del visitador nos permiten imaginar cómo pudo ser el fervoroso contexto religioso y social en el que don Manuel de Ábalos y Pimentel, con la aquiescencia de los frailes mercedarios, logró movilizar un grupo de fieles devotos en torno a la iconografía del Señor Caído tras la flagelación (que no camino del Calvario). El también llamado Cristo de la Púrpura o Jesús recogiendo sus vestiduras. 

Hacia 1695 precisamente, se data un antecedente escultórico de la misma iconografía: Cristo Recogiendo sus Vestiduras o del Mayor Dolor, de José de Mora (en la imagen superior). Desgraciadamente, esta impresionante imagen desaparecerá en 1936 tras el incendio de la iglesia granadina del Salvador.

Pocos años después de este referente artístico, la imagen primigenia de Nuestro Padre Jesús Caído (Alonso Gayón, 1703) aglutinará en Osuna a toda una comunidad de fieles devotos.