La Columna | José Mª Aguilar  10/07/2026

El paso neogótico del Dulce Nombre de Jesús y el presbítero Victoriano Aparicio

Este sacerdote dio nueva vida a la hermandad, a la que dotó de este trono.—Su templete es coetáneo del paso del Cristo de la Vera-Cruz, también neogótico


Esta Columna digital, nombre inspirado en la de la Flagelación junto a la cual Nuestro Padre Jesús Caído se desplomaba en iconografía que nunca se debió perder, no es una pilastra exclusiva para el ámbito «macario». Por el contrario, está abierta a todas las cofradías de nuestra villa. Hoy, por ejemplo, se encuentra dedicada a la del Dulce Nombre de Jesús, cofradía del Domingo de Ramos con la que Jesús Caído mantiene fraternal vecindad en la iglesia de Santo Domingo desde 1964.

El Domingo de Ramos de 2026, acaso el día menos agradable en lo meteorológico en una Semana Santa que resultó esplendorosa, la Hermandad de la Borriquita presentó destacadas novedades que subrayan y exaltan la admirable y entusiasta labor que realizan sus cofrades.

Así, muy llamativa resultó la configuración del paso de la Entrada Triunfal en Jerusalén en paso de misterio, uno más para nuestra Semana Santa, tras la entronización de las imágenes de San Pedro, San Juan y Santiago el Mayor en torno a la del Señor a lomos de la pollina. Además se estrenó la talla completa en madera de tan magnífico canasto, realizada en el taller del maestro don Juan Manuel Pérez Pérez.

También presentó lisonjeras novedades el paso del Dulce Nombre, con su singular templete neogótico, que abre nuestros desfiles procesionales todos los años. A este paso se le está realizando una canastilla neogótica en el taller de José Carlos Ligero Cano, hermano de Jesús Caído. El canasto, que sigue las líneas estéticas del templete, salió sin estar terminado. Cuando lo esté resaltará en grado sumo la belleza del Niño Jesús montañesino que lo preside. Tanto, como lo distingue el relicario de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús concedido por la vecina comunidad de Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones.

De finales del siglo XIX

El templete neogótico del Dulce Nombre de Jesús data de finales del siglo XIX, época en que imperaba este gusto artístico. Desconocemos quién lo labró, pero no así quién dotó al Niño Perdido de este paso: el sacerdote ursaonense don Victoriano Aparicio Marín, tras su regreso a Osuna hacia 1891 debido a problemas de salud. Éstos no le impidieron, sin embargo, desarrollar una gran labor.

Don Federico Roldán, canónigo y fiscal general del Arzobispado de Sevilla, discípulo de don Victoriano, dio a la estampa un bosquejo biográfico titulado El vicario de Écija, que vio la luz en 1920. De su maestro, Roldán escribió:

«…dio nueva vida a la antigua Cofradía del Dulce Nombre, que hace estación en la Semana Santa con gran lucimiento y edificación, a la que hizo un nuevo y artístico paso para la imagen del Niño Jesús. 

Amén de esto, pasaba largas horas en el confesonario; por todo lo cual la iglesia de Santo Domingo vióse concurridísima y convertida en el centro de la vida religiosa de Osuna.»

El paso procesional fue estrenado en 1894, año en que la Semana Santa cayó muy baja en el calendario: entre el 18 de marzo, Domingo de Ramos, y el 25 siguiente, Domingo de Resurrección, coincidente con la fecha de la solemnidad de la Anunciación. Este trono tiene como coetáneo el del Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, también neogótico, cuyo origen está en la reorganización de la cofradía crucera el 2 de abril de 1894 por los hermanos Antonio y Manuel Lafarque Bujel. Se construyó entre 1894 y 1895 por Hipólito Rossi, prestigioso tallista y dorador de Sevilla.

Hace unas semanas, el paso de la Vera-Cruz fue cedido temporalmente a la Hermandad de Montserrat sevillana para formar parte de un altar eucarístico en el itinerario de la procesión del Corpus Christi. Se erigió con motivo del CDXXV aniversario fundacional de la citada cofradía. En el paso salió en procesión extraordinaria la imagen de San Isaías, conocido en Sevilla como el «santo del poyetón», con curiosa historia. Este simulacro llevaba sin salir a la calle desde el año 1931.


¿Quién fue don Victoriano Aparicio?

De familia originaria de Enguera (Valencia), el presbítero y misionero apostólico don Victoriano Aparicio Marín nació en Osuna el 23 de marzo de 1853, Miércoles Santo. Sus padres, don José Ramón y doña Josefa, comerciantes, se habían establecido en la villa unos años antes. Penúltimo de ocho hermanos —Adriana, su madrina de bautismo; Manuel María, también sacerdote; José, Fidel Jorge, Antonio, Rafael, Victoriano y Asunción—, recibió las aguas del bautismo el Domingo de Resurrección en la Colegiata.

Entre 1863 y 1869 estudió el bachillerato en la Antigua Universidad de Osuna. Destacó en los estudios junto a su gran amigo Paco Rodríguez, que no es otro que don Francisco Rodríguez Marín, futuro abogado y director de la Biblioteca Nacional y de la Real Academia Española.

Su vocación le llevó al seminario del Sacromonte, Granada, donde estudió Sagrada Teología y Sagrados Cánones entre 1870 y 1877. Recibió la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado en las témporas de septiembre de 1875; el diaconado, en las témporas de diciembre de 1876, y el presbiterado, en las témporas de la Trinidad de 1877, 30 de mayo. Cantó su primera misa el 10 de junio siguiente en la iglesia de Santo Domingo ante la Virgen del Rosario, la más querida devoción de su familia, que años antes también había presidido la primera misa de su hermano Manuel.

De convincente oratoria apoyada en su propio ejemplo, el joven Victoriano se entregó a los pobres y los necesitados por entero. Su devoción a la Virgen, en especial la del Rosario de Osuna y la del Valle de Écija, y su amor a la Iglesia resultaron admirables.

Su primer envío, en agosto de 1877, fue a la parroquia de Aguadulce como cura ecónomo, pero por pocos meses. En junio de 1878 es enviado a Écija como titular de la parroquia de Santiago.

A los tres meses, y cuanto contaba sólo 25 de años, fue nombrado arcipreste. También desempeñó el cargo de cura ecónomo de San Gil.

La excelente labor apostólica desarrollada en Écija, donde una céntrica calle fue rotulada con su nombre, determinó que el Ayuntamiento lo nombrara Hijo Adoptivo el 4 de agosto de 1883.

Con gran disgusto en la Ciudad del Sol, en septiembre de 1887 asumió el cargo de rector del Seminario Menor de Sevilla. Impartió clases de Latín, Retórica y Poética, y de Historia Universal.

También fue nombrado cura rector de la parroquia del Salvador, cuya estropeada fachada logró restaurar.

Desempeñó la cátedra de Teología en el Seminario Mayor hispalense entre 1889 y 1891.

Este año tomó posesión de la parroquia de San Ildefonso, pero por poco tiempo. El deterioro en su salud hizo que se retirara a Osuna, donde ejerció su ministerio en su querida iglesia de Santo Domingo. De vuelta en nuestro pueblo fundó el colegio de Santo Tomás de Aquino.


La calle que pidió Rodríguez Marín

Don Victoriano Aparicio falleció a las 11 de la noche del 16 de abril de 1894, en la casa número 5 de la calle Quijada. Sólo contaba 41 años. Tras el óbito, su viejo amigo Paco, don Francisco Rodríguez Marín, le dedicó un obituario en el periódico local «El Popular». En él solicitó al Ayuntamiento que dedicase una calle al antiguo compañero de estudios, en virtud de los méritos contraídos en su vida. La calle Quijada pasó a denominarse Victoriano Aparicio y así permaneció hasta 1980. Tras unos años en el olvido, Aparicio volvió a dar su nombre a una calle de Osuna, de moderno trazado.

Cuando murió Victoriano, y lo hizo con fama de santidad, sólo habían transcurrido unas semanas desde el estreno del paso neogótico del Niño Perdido. Hoy en día, 136 años después, este trono para el Señor constituye perenne recuerdo de un sacerdote desprendido que siempre apoyó a las hermandades tanto en Écija —Coronación de Espinas, Cristo de la Salud, Virgen de los Dolores, Soledad…— como en su natal Osuna: las de sus queridas Virgen del Rosario y el Dulce Nombre de Jesús.


Fotografías: Archivo de la Hermandad y archivo de la familia López Aparicio.