La Columna | José María Aguilar   5/05/2026

En el adiós a N.H. Salvador «El Cojo» 

El féretro pasó por la capilla, donde se rezó ante el Señor y la Virgen.—Fue trasladado a hombros desde Santo Domingo hasta el tanatorio para su incineración 


La inesperada noticia del fallecimiento de N. H. Salvador Rodríguez González, conocido como Salvador «El Cojo» por antiguo apodo familiar, llenó de consternación este pasado fin de semana al mundo cofradiero ursaonense en general y a nuestra Hermandad en particular. Por el tanatorio Mémora, donde quedó instalada la capilla ardiente, fueron incontables los testimonios de pesar recibidos por la familia. 

Salvador fue amortajado con nuestra túnica corporativa. Sobre su ataúd lució la bandera de la Hermandad, siguiendo la costumbre establecida. Cerca, y entre las numerosas coronas de flores, quedó situado su tambor rociero que tan famoso se hizo en la Feria de Osuna. 

La iglesia de Santo Domingo se llenó completamente para el funeral corpore insepulto. Ofició nuestro director espiritual, don José Francisco Durán. Hicieron la primera lectura y el salmo, respectivamente, NN. HH. Ana Rodríguez y José María Aguilar, vocal de la Junta Rectora, sobrinos del finado. En los ritos finales, N. H. José Luis Rodríguez, antiguo hermano mayor, dio lectura al siguiente texto, escrito por su hermana Ana y él: 

No es un adiós. Es un hasta luego 

Hoy sólo se ven churretosos por las calles. Ya no se ven hombres con gallardía. Hombres para quienes los principios valían más que cualquier impostura social. Hombres comprometidos con los suyos, con su familia, con sus raíces, con aquella casa de la calle «Graná»... ¡Qué bonita familia! No puedo imaginar la suerte de aquellos siete hermanos conviviendo de verdad, como se vivía antes, compartiendo vida, dificultades, alegrías y destino. 

A los sobrinos ya sólo nos quedan dos grandes referentes de nuestras raíces, José Mari y Pili. ¡Cuántos frutos ha dado aquella familia desde «El Cojo el Escobero» hasta hoy! Y entre todos ellos, mi tío Salvador. 

Fue siempre el más prudente, el más conciliador. No porque no quisiera ser el centro de atención, sino porque simplemente era así. Sabía estar en todas partes sin hacer ruido, con esa presencia serena que llenaba cualquier sitio. ¡Hombre! Si no tenía cerca el tambor… 

¡Cómo lo recuerdo con su servilleta puesta en el cuello para no mancharse! No fuera a ser que su Rubia lo llamara al orden…, aunque aquel orden le durase lo que a un cojo dar una «cojetá», «ná». 

Todos los que estamos aquí sabemos a quién le decimos hoy adiós. O mejor dicho, a quién decimos hasta luego. 

Salvador «El Cojo» era un hombre futbolero, un hombre capaz de meter la cabeza por el ojo de una aguja si se lo proponía, ya que así vivió: siempre buscando la forma de salir adelante, de ayudar, de trabajar, de sostener a los suyos y de dar un futuro sólido a su Rosario y a sus hijos. 

Ha habido algo muy suyo, muy característico, algo que parecía formar parte de él: su tambor. Ese tambor que ya no sonará más entre nosotros porque se va con él. Pero aunque deje de sonar aquí, todos llevaremos su compás en el corazón. Su eco seguirá resonando, presente en nuestras vidas. 

Tito: alegrabas cada momento que pasabas con cualquiera de nosotros. Cuando entrabas en la Feria con tu carro y tu jolgorio, repartías alegría a todo aquel que se cruzaba contigo. Eras el alma de la reunión sin proponértelo. Tenías siempre una sonrisa para todos, sin entrar en debates, sin buscar problemas, sin guardar nada para ti. Lo tuyo era compartir. 

Y compartiste, ¡claro que compartiste! Compartiste tu vida, tu tiempo, tu alegría, tu trabajo y tu corazón. Cuidaste de tus hermanos, de tus hijos y por supuesto de tu mujer. 

Y me pregunto: ¿quién va a hacer ahora esas aceitunas que quitaban el «sentío» y que repartías de casa en casa de aquellos a los que amabas? 

Cojo: dejas a una mujer luchadora, con una paciencia increíble, que quiso a tu familia como si fuera la suya. Así te ha querido a ti, con un amor incondicional, firme y verdadero. Y que no te quepa la más mínima duda: nosotros, tu familia, cuidará ahora de ella. 

Tus hijos son dos calcomanías tuyas. A José Francisco, el ojo de la aguja se le queda grande si tiene que meter la cabeza por él, vehemente como sólo tú podías ser, y con ese desparpajo heredado de su madre. Y tu chico, Salvi, otro Cojo, más reservado, más callado, más tú. Y con esa capacidad incansable de trabajar que sólo ha podido venir de ti. 

Salva: hemos tenido la suerte de que compartieras tu vida con nosotros; una vida que, como todas, ha tenido sus cruces. Pero, ¡qué maravilla de cruces cuando se llevan por amor a la familia y al Señor! Tú las viviste siempre desde la caída, sí, pero jamás desde la derrota. Porque caer no es perder cuando uno se levanta con dignidad, con Fe, con Esperanza, con Caridad, y con entrega. 

Hoy, Jesús Caído, que observa tu cuerpo desde su capilla, ya te ha llevado con Él para descansar en el Padre. Allí estarán esperándote el mayor de tus hermanos, Manuel, y el más pequeño, el Niño, Luis «El Cojo», mi padre. No me quiero ni imaginar la fiesta que te tendrán preparada. Y tus hermanas mayores, Pepa y Conchi, seguro que estarán allí para mimarte como sólo ellas sabían hacerlo. 

Siempre estarás en nuestros corazones. Te veremos en cualquier detalle: en un lirio, en unas aceitunas aliñadas, en un tambor, en una sonrisa, en la Feria, en la familia reunida, en una sevillana, en cada recuerdo que nos devuelva un pedacito de ti. 

Y aunque hoy estemos tristes por tu partida, sí encontramos consuelo en saber que te vas con Él. Estamos en tiempo de Pascua, celebrando la Resurrección del Señor, y esa esperanza nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Al final todos nos reuniremos en torno a Él. 

El Señor ha sido generoso contigo, dándote una muerte digna, sin sufrimiento. Hoy saldrás de aquí despedido por Jesús Caído y por Ntra. Sra. y Madre de los Dolores, pero sobre todo gozarás de encontrarte con la luz del Padre. 

¡Qué maravilla de 80 años! ¡Qué suerte haber formado parte de tu vida! ¡Qué privilegio haberte tenido como tío, como referente y como raíz. 

No es un adiós. Es un ¡hasta luego, Cojo! 


Rezo del Santo Rosario

Antes de la despedida del duelo, el féretro de Salvador fue trasladado, previa autorización, hasta la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, donde son venerados Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora y Madre de los Dolores. Allí, ante el Señor y la Virgen, se rezó el Padrenuestro, el Ave María y el Gloria.

El ataúd fue portado a hombros por hermanos costaleros de la Cofradía desde la iglesia de Santo Domingo hasta el tanatorio, próximo al cementerio, donde los restos mortales de N. H. Salvador Rodríguez González serían incinerados. Dirigido por N. H. José Luis Rodríguez Santana, durante el recorrido se rezó el Santo Rosario.

Descanse en paz, N. H. Salvador.